5 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (1)


Querido, globito, ¡por fin llegó la hora! ¿Estás listo para adentrarte en mi slasher?

Te recomiendo leerlo mientras escuchas esta música:



o esta otra


libros slasher



CAPÍTULO 1

  Macarena aparca el coche en la misma acera donde se ubica el antiguo edificio del Casco Viejo. Abre el maletero y carga con las últimas cajas de la mudanza.
  Echa un vistazo alrededor antes de atravesar el arco que da paso a las viviendas, y rememora las tardes de banco y pipas que pasó en la plaza del Casco mientras espera el ascensor.
  Desde que se marchó del pueblo solo ha tenido contacto con Yomara y si fuera por ella, así seguiría siendo, pero parece inevitable toparse con sus viejos compañeros de clase e intento de amigos.
  ―Pensando en el rey de Roma… ―susurra depositando el par de cajas en el suelo―. Hola, ¿qué tal, chicos?
  Edorta y Nadia cogen una caja cada uno.
  ―Deja que te echemos una mano ―dice él con una sonrisa en los labios.
  La subida en el ascensor está cargada de tensión y palabras ausentes hasta que llegan al piso indicado.
  ―Es aquí ―anuncia Macarena rebuscando las llaves en el bolso―. ¿Queréis pasar? ―pregunta por educación, abriendo la puerta y empujándola con el trasero.
  ―No, gracias. Hemos quedado ahora con los demás ―contesta Nadia dejando su caja en el recibidor del piso.
  ―Tienen muchas ganas de verte. Ya sabes, se acerca Halloween y están preparando la noche más terrorífica del año ―dice Edorta agitado los brazos y manos temblorosas en el aire―. ¿Tienes libre ese viernes?
  ―Imposible ―contesta Macarena―. Me toca trabajar de noche esa semana.
  ―Al menos, te pasarás por la feria antes, ¿no? ―quiere saber Nadia.
  ―¡Hello! ―grita Zaloa asomando la cabeza por la escalera.
  ―Vaya, no falta nadie. ―Macarena saluda con la mano y apoya su caja para hacer tope en la puerta.
  ―¿Cómo qué no? ―pregunta Aitzol desde el piso inferior.
 ―No podía esperar a verte más tarde, así que… ¡sorpresa! ―grita Zaloa con su habitual efusividad―. ¿Qué tal todo, Maca?, ¿con ganas de volver a casa? ―interroga estrechándola entre sus brazos.
 ―Me había acostumbrado a la ciudad, la verdad ―contesta la aludida―. Pero una oportunidad así no se presenta todos los días. He tenido mucha suerte.
  ―Y tanto ―interviene Aitzol ya en la misma planta―. Tengo una amiga currando en el hospital, ya te la presentaré.
  ―Sí, amiga… ―murmura Zaloa.
  ―¿Decías algo? ―pregunta él cruzándose de brazos.
  La chica niega con la cabeza y tararea mirando el interior de la casa.
  ―Podemos decirle a ese chico tan mono que se pase para celebrar Halloween ―interviene Nadia.
  ―Oye, córtate un poco… ―se queja Edorta.
  ―Cari, ya sabes que solo tengo ojos para ti. Lo decía por ella… ―se excusa, señalando a Maca.
  ―¿Qué chico?
  ―El nuevo ―responde Zaloa adelantándose―. El que ha alquilado la casa de tu padre.
  ―Ah, sí. Tengo que pasarme para recoger unas cosas de la buhardilla. En su momento no tuve ánimo y he ido dejándolo.
  ―Tenemos que irnos, gente ―dice Aitzol―. A no ser que necesites mi ayuda.
  ―No, gracias ―contesta Macarena arrastrando con el pie la caja que sujeta la puerta.
  ―¿Vas a pasarte un rato por La choza? ―pregunta Nadia con los brazos en jarra.
  ―Puede. No entro al hospital hasta las dos.
  ―Menos mal que curras de tarde ―dice Zaloa. Macarena se encoge de hombros invitándola a que amplíe la información―. De noche pasan cosas…
  ―¿Cosas?
  ―Cosas ―interviene Edorta bajando el primer escalón―. Cosas raras según la amiguita de Aitzol.
  ―Vais a tener que ser más concretos ―sugiere Maca.
  ―Mi amiga dice que el nuevo hospital tiene una trabajadora que no está en nómina.
  ―¿Trabaja en negro? ―interroga casi cerrándoles la puerta en las narices.
 ―Pues de negra tiene muy poco, está bastante pálida, según cuentan ―suelta Edorta echándose a reír.
  ―Ya te pondrán al día tus compañeros ―dice Nadia despidiéndose con la mano.
  ―¿No os estaréis refiriendo a esta estupidez de leyenda?, ¿cómo era…?
 ―Te esperamos en La choza ―le corta Aitzol con tono de mandamiento más que de sugerencia.
  ―Eso, no seas rancia ―suelta Zaloa―. Vamos a comer allí o sea, que pásate antes de entrar a currar.
  Macarena golpea su frente con la mano de canto a modo de respuesta.


  Maca dobla la esquina y cruza la plaza del Casco Viejo. Unas gotas de la fuente le salpican ligeramente impulsadas por la brisa, y recuerda cuando luchaban durante horas en guerras de agua, recorriendo cada recoveco del lugar, escondiéndose. Ahora sus amigos son más mayores, pero la mayoría de ellos parece seguir atrapada en aquellos años, tomándose la vida a broma.
  Cuando entra a La choza, la cuadrilla ya tiene los entrantes servidos en la mesa. Como en los viejos tiempos consisten en: patatas cuatro salsas, croquetas «caseras» de jamón y aros de cebolla.
  Yomara se lanza a sus brazos y la saluda por primera vez en persona después de cinco años.
Macarena repara en el resto del elenco: Sergi está más musculoso que cuando se fue, pero probablemente igual de gilipollas o más. Le sorprende que haya aguantado vivo los cinco años que ella ha estado ausente y que no se haya desnucado al tropezar y caer contra el borde de una acera; Ibai se muerde los padrastros mientras chasquea continuamente la lengua a modo de queja por lo que Zaloa cuenta mientras sumerge la bolsita de té en su taza y ríe histrionicamente; Nadia se cruza y descruza de piernas susurrando algo al oído de su novio Edorta y, este la ningunea como siempre, dirigiendo su atención a Aitzol, que entra por la puerta detrás de Maca. Charlie se limpia las manos en su desgastada camiseta blanca, repleta de pelotillas y saluda a los recién llegados.
  ―¡Aquí, chicos! ―grita atrayendo la atención del resto de clientes.
  En el pueblo todos se conocen, así que ya están acostumbrados a las salidas de tiesto e impetuosas exclamaciones de Charlie, lo que no lo hace menos molesto.
  ―No deberías de comer esa basura ―lo increpa Aitzol tocándole la barriga.
  ―Prefiero tener esta tripa a pesar en la tienda los conguitos que me como cada quince días con cargo de conciencia ­­―le espeta.
  ―¡Uohhh! ―jalea Edorta.
  ―Tú cállate ―lo increpa Aitzol―, no sé ni como aguantamos tus gilipolleces y esa cara de payaso.
  ―Bueno, bueno… ―intercede Yomara.
 ―Es verdad, no sé por qué te molestas ―dice Nadia dirigiéndose a Aitzol―: pesas los conguitos…
  ―Tú eres tonta ―suelta Zaloa―. Te cierra la puerta de casa con llave cuando sales a cenar y lo sigues defendiendo.
  ―Si solo fuera eso… ―murmura Ibai.
 ―Ya vale, chicos ―interviene Sergi―. Joder, cómo os estáis poniendo… Vais a asustar a Maca.
  ―Como tú desapareces dos veces al año, cada vez que estrenas novia...  ―le ataca Ibai―. Pierdes el hilo y te la sopla todo…
  ―Me voy a trabajar chicos ―interrumpe Yomara poniéndose en pie.
  ―No has comido nada. ―Nadia mueve la silla para hacer hueco.
  ―Da igual. Se me ha quitado el hambre. Nos vemos, gente. ―Yomara se marcha dejando sitio a Macarena.
  ―Este año hemos adelantado la celebración de Halloween ―anuncia Charlie cambiando de tema.
  ―Sí, para que puedas venir tú ―explica Zaloa―. Como en los viejos tiempos. ―Fuerza una sonrisa que se queda dibujada en su cara más tiempo del socialmente estipulado.
  ―Qué suerte. Gracias… ―contesta Maca.
  La puerta de la taberna se abre y entra un hombre de mediana edad renqueante. Arrastra los pies hasta la barra y pide un vino barato.
  Zaloa se acerca a él con una aspirina en la mano y pide un vaso de agua. El olor a alcohol y tabaco del hombre penetra por sus fosas nasales provocándole ligeras náuseas; igual que cuando le toca ventilar el cuarto donde a veces duerme éste y cambiar las sábanas antes de que llegue el jefe de la pensión.
  ―¿Qué tal, Gabino? ―saluda ella mientras el camarero sirve sus bebidas.
  El tipo saluda con la cabeza y balancea la mano a izquierda y derecha a modo de respuesta.
  ―Me prometiste que lo ibas a dejar ―le recrimina la chica.
  ―No te dije cuando ―suelta el hombre riendo y dando un golpe en la barra.
  Zaloa le dedica un amago de sonrisa y vuelve a la mesa mientras resopla por la nariz una y otra vez.
  Macarena devora algunas patatas y lo poco que deja Edorta del resto de platos, y sale escopetada para el hospital. No quiere llegar tarde el primer día.
  Al salir por la puerta de La choza se tropieza con las hermanas Martínez, apodadas Las tostarica por su afición enfermiza de hacer galletas caseras. Caminan despacio, agarradas del brazo, y criticando a todo el que se cruza en su campo visual.
  ―¡Apártate, estúpida! ―exclama la mayor de las dos.
  ―Disculpe ―responde Maca sin reparar en el insulto gratuito.
 ―Seguro que va drogada ―añade la hermana menor―. Como todos los jóvenes. El mundo se echa a perder. No sé qué va a ser de nosotras con esta generación de vagos.
  Macarena sigue su camino mordiéndose la lengua. Ya le advirtieron antes de volver de que el carácter de las hermanas Tostarica había empeorado con los años a la par que su aletargamiento neuronal.


Macarena busca el despacho de la jefa de enfermería y después de hablar con ella se dirige al vestuario para cambiarse. Se viste con el uniforme facilitado y para cuando empieza a trabajar apenas queda personal.
  ―¡Hola! ―Una enfermera joven y alta saluda a Macarena cuando ésta entra en la primera habitación de la ronda.
  ―Hola ―contesta dándose la vuelta.
  Maca deduce que debe de ser la amiga de Aitzol ya que Yomara le contó lo del incendio y, la chica a pesar de cubrirse parte del rostro con la melena, no consigue camuflar por completo las cicatrices de la cara.
  ―Soy Claudia ―saluda extendiendo la mano.
  ―Encantada.
  ―Me dijo Aitzol que empezabas hoy ―dice levantando la primera hoja del portapapeles―.    Hay muy pocos pacientes ahora mismo. Te pondrás al día enseguida.
  Macarena había olvidado que esta semana empiezan las largas fiestas del pueblo, así que los pacientes evitan acudir al médico y los trabajadores se la han pedido libre.
  ―¡Enfermeras! ―grita el paciente de la 208.
  Las chicas acuden deprisa a la habitación y comprueban las constantes vitales del anciano mientras este se revuelve y se queja sin parar.
  ―Dejen de marearme, coño ―les espeta―. Y díganle a esa niña que pare de molestar. No puedo dormir si se queda ahí plantada mirándome y parloteando. ―El hombre se da la vuelta y esconde las manos debajo de la almohada.
  ―¿Qué niña? ―interroga Claudia.
  ―Ahora se ha ido, pero volverá ―responde molesto―. Siempre lo hace. Le gusta encender la tele de madrugada, dice que se aburre, pero yo no puedo dormir.
  ―Tal vez deberíamos aumentar la dosis… ―susurra Maca.
  ―No está demenciado ―responde Claudia al salir de la habitación―. De hecho, tiene razón.
  ―¿Disculpa? ―Macarena se para en seco y se lleva la mano al corazón.
  ―Yo soy nueva en el pueblo y no conocí el antiguo hospital sobre el que se construyó este, pero no me parece buena idea levantar cimientos sobre un edificio de la posguerra que albergó tantas muertes y dolor.
  ―Todos los hospitales albergan lo mismo ―dice tratando de quitar dramatismo a la situación.
  ―Según lo que sé este lugar es diferente ―explica―. A raíz de ciertos sucesos decidí ir a buscar información a Google.
  ―Menuda fuente. ¿Y…? ―pregunta haciendo elipsis con las manos.
  ―Aquí se realizaban prácticas poco ortodoxas por así llamarlas. Lobotomías, cuerpos desaparecidos…
  ―¿Qué intentas decirme?
  ―Que a algunos espíritus les cuesta decir adiós.


  Macarena decide acercarse a la máquina expendedora de la planta superior a por una chocolatina. Juguetea con la moneda de dos euros lanzándola en el aire y cogiéndola con la palma abierta.
  ―Buenas noches.
  ―¡Joder!―grita Maca dejando caer la moneda.
  ―Perdona, chica ―dice el hombre uniformado―. Soy Tomás, el guarda de seguridad. ¿Te he asustado?
  ―No, que va ―miente―. Es solo que no le he oído acercarse.
 ―El sigilo forma parte de mi trabajo ―dice riendo―. Ya sabes, para pillar a los malhechores desprevenidos con las zarpas en la masa. ―Se lleva las manos a la boca y finge un gesto de sorpresa.
  ―Encantada ―dice introduciendo los dos euros que el hombre le devuelve del suelo.
  ―Tutéame, chica. Vamos a pasar largas horas juntos. Dile a Claudia que te dé mi número por si tienes algún problema.
  ―Gracias, espero no necesitarte ―responde sacando la chocolatina de la máquina.
  ―Confío en que aguantes más que Dunia.
  ―¿Quién es Dunia? ―pregunta abriendo el envoltorio.
  ―La enfermera que estuvo antes que tú ―cuenta cruzándose de brazos y apoyándose en la pared.
  ―¿Ya no está por aquí?, ¿qué le pasó? ―interroga antes de dar un mordisco.
  ―Hay personas demasiado sugestionables, eso es todo. Pero tú eres de la zona, los de aquí estamos hechos de otra pasta, ¿eh, chica?
  ―Nos vemos, Tomás… ―se despide con una sonrisa forzada y echa a andar hacia la salita de descanso.
Maca camina echando vistazos hacia atrás y vigilando las habitaciones por las que pasa, a pesar de saber que la mayoría están desocupadas. Se gira al oír las puertas del ascensor.
  ―¿Claudia? ―pregunta virándose y dando un par de pasos hacia el elevador―. ¿Hola?
  ―Eh, Maca. ¿Qué haces ahí? ―pregunta Claudia asomando por el hueco de las escaleras.
  ―¿Quién…? ―pregunta señalando el ascensor.
  ―Ven ―ordena tirando de ella―. Tenemos que entrar al depósito para comprobar una cosa.
  ―¿Qué?, ¿por qué nosotras?
  ―¿No te dará miedo? ―pregunta deteniéndose y colocando los brazos en jarra―. ¿Qué clase de enfermera tiene miedo de unos cuantos cuerpos inertes?
  ―Yo no, desde luego ―responde fingiendo entereza―. Es solo que no creo que ese sea un trabajo que nos corresponda hacer a nosotras.
 ―En pequeños hospitales como este, todos hacemos de todo ―contesta echando a andar e introduciéndose en el ascensor―. Venga, no te quedes ahí pasmada. Tenemos que bajar al depósito y está en el sótano.
  ―Deja que coja primero mi móvil.
  ―¿Para qué?―pregunta bloqueando las puertas con el pie en medio.
  ―Me gusta llevarlo siempre encima desde que…
  ―¿Por si pasa algo?
  ―Eso es.
  ―En el sótano no hay cobertura, no te molestes. ¿Vienes o no?
  ―Claro ―dice entrando al elevador con un nudo en la garganta.


Continuará el martes 10 de octubre a las 18:30 (hora española).

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