31 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (desenlace)


Querido, globito, ¡llegó la hora de conocer el desenlace! ¿Estás listo para descubrir el final? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos. Date prisa y participa en el sorteo del funko pop de Ghostface, ¡aún estás a tiempo!

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra



#terrorblog

                                    CAPÍTULO FINAL

  Claudia marca el código de la puerta del depósito y entra en primer lugar.

  «Templado», resuena por el altavoz.

  Observan cada una de las seis camillas cubiertas con sábanas blancas opacas.
  ―¿Maca? ―pregunta Unax sin esperanza.
  ―A la mierda ―suelta Aitzol levantando una de las sábanas.
  ―¿Qué haces? ―se queja Claudia.
  ―A la mierda ―repite Abigail retirando otra de las sábanas.

  «Caliente, caliente», guía la voz.

   ―¿Dónde estás? ―pregunta Unax mirando hacia el techo―. ¿Quién coño eres y qué quieres? ¡Da la cara! ―chilla cogiendo una sábana y lanzándola por los aires.
  ―¡Dios! ―exclama Claudia con la mirada fija en la camilla descubierta.
  ―No, Ibai… ―titubea Aitzol abalanzándose sobre el cadáver ensangrentado.
   ―Mierda, mierda… ―Abigail se acerca a la cuarta sábana y tira de ella deprisa. ―Suspira al ver la cama vacía.
  ―¡Chicos! ―exclama Yomara entrando apoyada en el hombro de Tomás.
  ―Joder, ¿estás bien? ―quiere saber Aitzol levantando la cabeza y separándose ligeramente del cadáver de su amigo.
  ―Creo que sí. Tenemos que encontrar a Maca ―responde centrando su atención en el cuerpo de Ibai, y agachando la cabeza después.
  Abigail descubre la cuarta camilla mientras los demás intercambian miradas de pánico y perplejidad.
  ―Quedan dos ―anuncia Unax―. Yo tiraré de esta sábana.
  ―Y yo de esta otra ―dice Claudia.
  ―A la una ―cuenta Unax―, a las dos…
  ―¡Tres! ―exclama Clau.
  Unax se acerca corriendo hasta la camilla que ha descubierto Claudia y ayuda a ésta a desatar a Macarena que se encuentra amordazada e inconsciente.
  El chico la agita entre sus brazos y Maca abre despacio los ojos. Levanta el brazo ligeramente y lo deja caer de golpe. Cierra de nuevo los ojos.
  ―¿Qué quieres? ―pregunta ahora Claudia mirando al techo―. Querías que la matásemos pero ya te has encargado tú, ¡¿a qué juegas?!

  «Al ratón y al gato y ahora estáis todos encerrados», dice la voz mientras la puerta del depósito se cierra de golpe.

  Macarena abre los ojos de nuevo y esta vez consigue incluso incorporarse. Unax la abraza con fuerza y Claudia le sirve de apoyo para ponerse en pie.
 Maca sacude la cabeza y enfoca la vista. Pega un respingo en el sitio y retrocede trastabillando. Unax la sujeta e intenta tranquilizarla.
  ―Tomás, él… ―dice Macarena―. Tomás me trajo aquí. Él es sor Matilde.
  ―¿Qué?
  ―¿Cómo?
  ―Joder, ¿qué coj…?
  El guarda empuja a Yomara hacia delante, que choca contra Abigail.
  ―¡Bravo! ―aplaude él entre ovaciones―. Misterio resuelto, jovencitos.
  ―No, no entiendo nada ―farfulla Yomara.
  ―Tomás, ¿cómo…? ―pregunta Claudia.
 ―La cuestión no es cómo ―responde el guarda―. Lo importante es porqué ―dice apuntándoles con el revólver que escondía bajo su chaqueta―. Tal vez mi nuevo DNI os aclare las cosas ―dice cogiendo el documento y lanzándolo a los pies del grupo.
  ―Tomás Gaztelumendi Landaburu ―lee Maca recogiéndolo del suelo―. Gaztelumendi…
  ―Aitzol ―dice Yomara―. ¿Tomás es tu padre?
 ―¿Estáis locas? ―pregunta Aitzol apoyándose en la camilla―. Mi padre está en un psiquiátrico desde lo de mi madre. Estáis desvariando, joder.
  ―¿Cómo lo sabes, Aitzol? ―pregunta Tomás dando un paso al frente―. Hace años que dejaste de venir a visitarme.
   ―No puede ser ―dice Aitzol negando con la cabeza―. No se parece en nada, ¿es que no lo veis?
  ―La cirugía estética hace milagros ―responde el guarda―. Que se lo digan a Camilo Sesto.
  ―No sé quién coño es ese, pero sé que tú no eres mi padre. No puedes abandonar el psiquiátrico sin mi autorización y yo no he firmado nada.
  ―No eres mi único hijo ―contesta soltando una carcajada―. A veces, el roce es más fuerte que la sangre ―explica―. Maldito desagradecido… ―Apunta en dirección a Aitzol.
 ―Mira ―le corta Abigail―, no sé de qué va todo esto.  Pero yo no tengo nada que ver, así que me voy de aquí. Yo no he visto nada, ¿vale?
  Tomás dispara a la periodista en el pecho antes de que apenas pueda terminar la frase. El grupo se arremolina junto a ella entre gritos y movimientos descoordinados.
  ―No me gusta que me interrumpan cuando hablo ―explica Tomás―. ¿Por dónde iba? ―se pregunta rascándose la nuca con la culata del arma―. Ah, sí. Mi verdadero hijo vino a visitarme y firmó el alta bajo su responsabilidad, ligeramente caracterizado, claro ―se mofa―. Después, decidimos cambiar mi nombre y me hice unos sutiles retoques en la cara.
  Las chicas y Aitzol miran a Unax sin atreverse a decir ni una palabra. El guarda percibe el cruce de miradas y suelta una carcajada antes de continuar hablando.
  ―Desde luego os moriríais de hambre como detectives ―dice Tomás.
 ―Ya te digo, papá ―corrobora Ibai levantándose de golpe de su camilla. El chico se pone en pie de un salto y coge el cuchillo de cocina que escondía bajo sus piernas.
  ―¿Papá?, ¿cómo que papá? ―interroga Aitzol mirando a ambos compulsivamente.
 ―Tus padres fueron más padres de lo que jamás fueron los míos. Me salvaron la vida acogiéndome, haciéndome formar parte de una familia ―explica Ibai―. Yo fui el hijo que siempre desearon tener y fui quien se quedó cuando tú renegaste de él tras el accidente de mamá ―cuenta señalando a Tomás.
  ―¿De qué cojones estás hablando? ―pregunta Aitzol reculando.
  ―Aquel Halloween… ―comienza Tomás―. Todos vosotros, estúpidos irresponsables… ¡Por vuestra culpa!
  ―Sergio atropelló a mamá ―Ibai coge el relevo―. Creyó que nadie lo descubriría y pensó que todas esas chicas y marihuana se lo harían olvidar, pero la justicia no olvida ni perdona.    ―Chasquea la lengua y lanza un par de cortes al aire con el cuchillo.
  ―¿Y los demás? ―pregunta Maca en un alarde de valentía e inconsciencia―. ¿Qué tenemos los demás que ver?
  ―Tú, tú eres la peor de todos ―dice Tomás apuntándola a la cabeza―. Diciendo desde pequeñita que querías ser enfermera para salvar vidas.
  ―Edorta y Charlie mantuvieron ocupada a la policía con una de sus estúpidas reyertas en el burdel de la carretera ―continúa Ibai con voz grave―. Dunia hablaba demasiado, iba a estropear nuestro plan con su puñetero blog chismoso; Zaloa y su coma etílico ocuparon la ambulancia que debería haber llevado a mamá al hospital de la capital y para cuando llegó ya era tarde; Nadia amenazando con suicidarse por culpa del desamor de ese putero de Edorta; Gabino, viejo amigo de papá y mamá, el que la introdujo en el alcohol como solución a los problemas rutinarios; ¿los demás? ―pregunta encogiéndose de hombros―: Borrachos como cubas durante la mejor noche del año, Halloween ―continúa haciendo aspavientos con el cuchillo―, y estorbando al inepto médico del consultorio.
  ―Mi padre… ―susurra Maca―. Hizo lo que pudo.
 ―Era un inútil. ¡Por Dios! ―exclama Tomás―. Fue incapaz de mantenerla viva hasta que llegó ayuda. No me extraña que se ahogara accidentalmente nadando en el río. ―Le guiña un ojo.
 ―Ayuda que tardó aún más en llegar ―retoma Ibai―, por culpa de otra doctora irresponsable, que se encontraba pasando fuera el fin de semana en el que le tocaba guardia. Una abuelita que falleció tristemente en un incendio al poco de jubilarse y del que su querida nieta se salvó por los pelos ―concluye con un gesto de fastidio.
  Claudia se lleva la mano a la mejilla y después se cruza de brazos encorvándose.
  ―Hijos de puta… ―murmura bajando la vista y mordiéndose el labio.
  ―¿Y Unax? ―quiere saber Yomara―. ¿Abigail?, ¡Las hermanas Tostarica!
 ―Abigail atraía demasiada atención sobre todo esto por su obsesión con el canal Medianoche ―cuenta Tomás―. Y Unax estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado, cosas que pasan... ―dice riendo―. Esas estúpidas Tostarica eran unas cotorras cotillas; me descubrieron poniéndome el disfraz. No podía dejarlas ir...
   ―Me estoy cansando de tanta cháchara ―interrumpe Ibai clavando el cuchillo en la nuca de Aitzol. La víctima ahoga un grito entre borbotones de sangre mientras su asesino lo incrusta con más fuerza y gira la muñeca.
  ―¡Alto! ―Kaleb abre la puerta trasera de una patada y entra apuntando con la pistola.
  ―Dios, Dios... ―Yomara corre hasta su hermano sin importarle el resto de armas de la sala.
 ―¿Qué te ha pasado? ―pregunta Kaleb reparando en la blusa manchada de Yomara―.  ¡Joder! ―grita Kaleb fuera de sí―. Os dejé muy claro que a mi hermana no se la tocaba ―se queja.
  ―¿Kaleb? ―pregunta Yomara inclinándose hacia atrás y clavándole las uñas en el brazo.
  ―¿Qué? No me mires así. Estaba hasta los cojones de ser el pringado del pueblo. Nadie me respeta, ni siquiera siendo policía. ¡Tú misma te mofas de mí delante de todos tus amigos! Nadie más volverá a reírse de mí después del titular de mañana: «Héroe local salva a su hermana de asesinos en serie y termina con la vida de los psicópatas tras la masacre sin más supervivientes».
  ―Disculpa ―interviene Ibai dándose toquecitos en la sien―, me parece que no he entendido bien.
   ―Yo creo que sí ―contesta Kaleb―. ¿No creerías que iba a dejar a dos putos tarados sueltos?
   ―¿Y tú qué coño eres? ―se defiende Tomás.
  ―Mi motivación es pura, limpia. Soy una víctima de esta sociedad. Vosotros, simplemente estáis locos, sois seres resentidos.
   ―Hay que joderse ―suelta Ibai lanzando el cuchillo contra la espalda de Yomara, que cae hacia delante, en los brazos de su hermano.
  El grupo corre por el depósito tratando de esconderse y de esquivar las balas que atraviesan el lugar.
  El tercer tiro que dispara Kaleb termina en el pecho de Tomás. El hombre cae de bruces contra el suelo y muere al instante.
  Ibai se arrastra sobre las frías baldosas con la intención de clavar la navaja que lleva en el bolsillo de la cazadora en la pantorrilla de Maca. Pero Claudia se lanza sobre él y golpea la cabeza del chico contra el suelo dejándolo aturdido. Unax abraza a Macarena y se protegen tras una camilla volcada.
  ―Gracias ―dice Kaleb―. No sabes cuánto trabajo me acabas de ahorrar. ―Levanta la pistola y dirige el cañón hacia Claudia.
   ―¡Joooder! ―Kaleb suelta el arma y levanta la pierna para agarrarse el pie. Se mira el zapato―. Hermanita… ―Se arranca del empeine el cuchillo que poco antes ha atravesado la espalda de su hermana y la coge por el pelo―. ¿Así me lo pagas? ―pregunta mientras clava el filo en la herida del abdomen de Yomara.
  Unax sale de detrás de la camilla y se abalanza sobre él. Giran enredados y se separan al caer. Unax se golpea la cabeza contra una estantería metálica que contiene material quirúrgico y el cristal se rompe con el impacto. Se pone en pie y se defiende con el bisturí que alcanza de la balda que se encuentra a la altura de su cadera. Kaleb se levanta tambaleándose y riendo descontrolado mientras se coloca frente a Unax.
  ―Sor Matilde os castigará a todos ―dice juntando las palmas de las manos―. Mira que creeros esa historia… ¡Me la inventé yo para asustaros de niños! ―grita mirando los cadáveres de alrededor―. No quería que vinieseis aquí y os hicierais daño en aquel puto hospital ruinoso. Y por una vez en la vida, me hicisteis caso ―se jacta y sigue riendo. Aprieta los labios y frunce el ceño al dar un paso hacia el chico―. Joder, el dinero que he gastado en efectos especiales con estos dos idiotas… Si llego a saber que iba a tener que adoptar su apariencia para mataros a todos años después,  me habría inventado algo más digno. No veáis lo que me ha costado aguantar la risa cuando he tenido que huir hacia el bosque o entre edificios… Me sentía como la Blasa de José Mota.
  ―Más bien eres como Bartolo ―le espeta Macarena apuntándolo con su propia arma.
  ―Vaya ―dice Kaleb girando la cabeza para mirarla―. ¿Vas a matar a un hombre indefenso y por la espalda?
  ―¡Unax! ―exclama Macarena―, dale el bisturí.
  ―¿Estás loca? ―pregunta su novio.
 ―Tranquilo ―dice Kaleb frotándose la barbilla―. No va a dispararme, no tiene huevos. Siempre fue una ñoña.
  Claudia observa con las manos en alto a pesar de que nadie la apunta ni repara en ella siquiera.
  Unax deposita el bisturí en el suelo y lo acerca a los pies de Kaleb de una patada; se aparta y se acerca despacio hasta donde está Claudia.
  ―Merci ―agradece haciendo una genuflexión sutil y alcanzando el bisturí. Se gira.
  ―Ya tienes arma y estás de frente ―recuerda Macarena.
 ―Pero tú sigues sin tener huevos ―la espeta mientras se acerca despacio, cojeando.
  ―Ya, eso es verdad ―concede―. Porque yo tengo ovarios ―explica cerciorándose de que el seguro del arma está quitado―, y ni los huevos de ese ―dice señalando a Tomás con la cabeza―; ni de este ―continúa mirando a Ibai―; ni los tuyos van a venir a mi puto pueblo a tocármelos ―dictamina disparando dos veces.
  Kaleb trastabilla hacia atrás y se apoya en la pared. Maca dispara otra vez entrecerrando los ojos y encogiendo los hombros. Da varios pasos cortos hasta situarse junto a él y se acuclilla.
  ―Estás como una puta cabra ―susurra Kaleb mirándola a los ojos.
  ―Idem. Macarena aprieta de nuevo el gatillo y, los sesos del policía se abren paso desde el cráneo, para resbalar por su cuello hasta terminar goteando en el suelo.
  ―Se se se se acabó ―dice Claudia intentando que no se le doblen las rodillas.
  ―¡Ni lo sueñes! ―aúlla Ibai desde el suelo, tirando de su pierna y mordiéndole el tobillo.
  Unax le patea la cabeza con tal fuerza que no hacen falta más impactos para que el cuello del psicópata se parta.
  ―Ahora sí que se acabó ―dice el chico abrazando a las dos amigas entre ruidos de sirenas.


¿Has acertado alguna de las cuatro preguntas de la encuesta y seguido el resto de pasos? Entonces… ¡Buena suerte en el sorteo y feliz Halloween, globito!

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