26 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (7)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra


#halloweenblog

                                         CAPÍTULO 7

  ―Entonces ―comienza Claudia aparcando su furgoneta en la entrada del hospital―, ¿dices que una monja te apuñaló en la pierna y huyó?
 ―Sí, joder, sí ―repite Dunia tentada de arrancarse allí mismo el destornillador. Maca niega con el dedo sospechando las intenciones de la chica y Dunia coloca de nuevo las manos en su asiento―. Sor Matilde me apuñaló en la pierna y yo eché a correr. Empezó a seguirme creo que con un hacha, pero se os oyó gritar y me dirigí hacia vosotros lo más deprisa que pude. Para cuando me giré, ya no estaba ahí.
  ―De acuerdo ―dice Yomara asintiendo con la cabeza y callando a Dunia con la mano en alto―. Detén a esa monja cabrona o lo que sea que esté matando a medio pueblo. ―Ibai toca el hombro de Yomara y ella lo aparta de un manotazo―. Ten cuidado, Kaleb ―se despide de su hermano y cuelga el teléfono.
  ―Espero que la cojan ―dice Maca.
 ―Ya está bien con la leyenda chorra de la monja pistoja ―suelta Aitzol―. Sois más idiotas de lo que creía si pensáis que el fantasma de una religiosa de la guerra civil nos está persiguiendo. Yo me cago en sor Matilde, y hablando de cagar… Ahora vuelvo. ―El chico se baja de la furgoneta y entra al hospital en primer lugar.
  ―Tomás, llama por favor al médico de guardia ―pide Claudia mientras entra por la puerta segundos después―. Necesitamos también una radiografía urgente ―dice más bien para sí misma―. Maca, ¿podrías buscar el teléfono del radiólogo? Supongo que a esta hora ya se habrá marchado.
 ―Este hospital es un potorro ―suelta Ibai gesticulando exageradamente―. A mí me va a acabar dando algo esta noche.
   ―Tranquilo, todo va a salir bien ―lo calma Unax sin cambiar el tono.
  ―Vamos ―le dice Yomara a Dunia―, te acompaño al baño para que te refresques. Estás sudando.
  Dunia le lanza una mirada de «¿tú crees?» y se apoya en su hombro para avanzar.
  ―La llevo yo ―dice Unax―. Debe dolerte caminar. Deja que te ayude ―sugiere cogiéndola en brazos y subiendo al baño de la primera planta.
  El ascensor desciende hasta la planta baja y se abre ante los ojos expectantes de los que quedan en el vestíbulo.
  ―¿A esto se referían Clau Y Maca? ―pregunta Yomara con la vista fija en el elevador vacío.
  Ibai asiente y sacude la cabeza.
  ―Parece mentira que aún haya alguien a quien le queden ganas de bromear. Seguro que le han dado al botón y ha bajado solo, pero solo, solo… ―matiza.
  ―Disculpad.
  ―¡Joder! ¡Qué susto! ―dice Ibai llevándose la mano al corazón.
  ―¿Qué hace aquí? ―interroga Yomara.
 ―Lo siento ―se disculpa la periodista―, no pretendía asustaros. Veréis, no llevo cámara ―asegura mostrando las manos―. Únicamente, quiero descubrir qué está pasando en este pueblo y, más concretamente, en este puñetero hospital. Y creo que hoy es la noche indicada.
  ―¿Por qué? ―preguntan Yomara e Ibai a la vez.
  ―Ahí está ―señala Abigail con la voz quebrada.
  Los dos amigos miran hacia la puerta principal.
  La monja coloca unas gruesas cadenas para bloquear la puerta antes de que puedan mover ni un solo músculo que no sea de la boca, para descolgarla o gritar.
  Se escuchan interferencias y pitidos y la distorsionada voz suena por los altavoces de todo el recinto.

  «Bienvenidos a mi pequeña fiesta privada. Esta noche es especial y por eso estáis todos vosotros aquí. Os propongo un juego: antes de la medianoche Macarena debe estar muerta o todos lo estaréis. ¿Aceptáis el trato o preferís truco?».

  La luz se apaga y todos quedan en la más absoluta oscuridad.
  ―¿Chicos? ―Dunia baja desde la primera planta arrastrando la pierna herida.
    ―¿Dunia? ―pregunta Ibai mientras busca el móvil en su bolsillo.
  ―Espera ―dice Abigail iluminando la escalera con la linterna del suyo―. ¡Detrás de ti!
  La monja corta la cabeza de Dunia de un solo hachazo y ésta rueda hasta descender la escalera por completo.
  ―¡Corre, corre! ―grita la periodista tirando de la manga de Ibai, que la sigue deprisa a lo largo del pasillo, sin un destino.
  ―¡Para! ―ordena el chico. ―La mujer se gira y recorre varias veces con la mirada el pasillo despejado―. Mensaje, mensaje… Tengo varios mensajes. Ok ―dice mientras escribe en su móvil―. Segundo piso: sala de enfermería. Claudia dice que vayamos allí.
  ―¿Macarena también?
  ―¿Qué pretendes decirme?
  ―Nada. Es solo que…
  ―No vamos a matarla ―sentencia arqueando las cejas.
  ―Yo no quería decir eso ―se justifica.


  El grupo da vueltas por la sala de enfermería casi chocando entre sí; unos hablan sin parar y otros piensan en silencio, con el ceño fruncido y cara desencajada.
  ―Deberíamos llamar a la policía ―dictamina Unax.
  ―Estoy llamando a mi hermano, pero no coge ―responde Yomara―. Estará en la feria con lo de la momia.
  ―Perdona, pero la momia tiene nombre ―dice Aitzol torciendo el gesto.
  ―¿A estas alturas has decidido volverte sensible y delicado? ―le espeta Ibai.
  ―No discutáis. Tenemos que encontrar a Maca ―pide Unax llevándose las manos a la cabeza y doblándose mientras exhala con fuerza.
  ―¿Para qué? ―quiere saber Abigail.
 ―Para protegerla de esa monja tarada ―responde él―. Voy a ir a buscarla. ¿Alguien se apunta?
  ―Yo voy ―contesta Yomara.
  ―Yo también ―se une Claudia.
  ―Y yo ―dice Aitzol―. Necesitaréis músculos además de cerebro.
  ―Muy bien. Te acabas de insultar a ti mismo ―aplaude Ibai soltando una risilla histérica―. Me apunto.
   ―No. Alguien tiene que quedarse aquí por si aparece Maca.
  ―Está bien ―concede Ibai―, me quedo. Pero si se queda conmigo alguien más.
  ―Sí que ha costado mucho convencerte… ―se mofa Aitzol.
 ―Yo conozco muy bien el hospital ―dice Claudia―, soy más útil fuera.
 ―Y yo ―interviene Abigail.
  El grupo abandona la sala de enfermería.
  Ibai y Yomara echan el cerrojo y se sientan a esperar.

  «¿No encontráis a vuestra amiga Macarena? ―pregunta la voz a través de la megafonía―. Tal vez deberíais buscar mejor. Allá donde va la gente fría y vacía…».

  ―El depósito ―adivina Claudia.
  ―¿Por qué? ―quiere saber Abigail.
  ―Fría y vacía… Es evidente, ¿no? ―responde Unax.
 ―Espero que no sea demasiado tarde ―dice Clau llamando el ascensor.


  ―¿Hay alguien ahí? ―pregunta Tomás aporreando la puerta de la sala de enfermería con los nudillos. Gira la manija y deja que la puerta se abra sola con el ligero impulso que le da con el pie mientras desenfunda su porra.
  ―¡Gracias a Dios! ―Yomara se tira encima del guarda y mancha de sangre el uniforme del hombre―. Me duele…
  ―Dios, ¿toda esa sangre es tuya? ―dice echando un vistazo al suelo.
 ―No. Ibai también estaba aquí ―dice de forma entrecortada―. Nos quedamos por si Maca volvía y entonces escuchamos un ruido fuera. Parecía que ella nos llamara y abrimos, entonces apareció esa mujer, esa monja… ―Respira agitada―. Me clavó un cuchillo y cuando Ibai trató de defenderme lo apuñaló en la espalda y yo me volví a encerrar aquí. Lo sé, soy una cobarde, soy una cobarde de mierda… ¡Me asusté! Lo siento, lo siento tanto, Ibai… ―repite dándose golpes en la frente.
  ―Vale, ¡para! ―ordena―. Hay que taponar esa herida ―dice echando un vistazo al abdomen de la chica. ―Rompe una manga de su chaqueta y la dobla en varias partes―. Aprieta ―le ordena―. Vamos.
  ―¿A dónde?
  ―Con los demás.


El desenlace este martes 31 de octubre a las 18:30 (hora española).

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