24 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (6)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra



lugares abandonados

                                          CAPÍTULO 6

  Las horas transcurren aburridas y sin trabajo para Clau, que se siente frustrada ante la inexistencia de sucesos paranormales.
  ―¿Qué tal estás?
 ―Bien, gracias ―responde Maca desde el otro lado de la línea―. Siento haberte fallado, pero… No podía ir a trabajar hoy. Necesito… No sé qué necesito, pero ese hospital es el último lugar al que me apetecía ir.
  ―Lo entiendo, tranquila. Lo que te ha pasado es muy fuerte. Una cosa es ver un cadáver currando y otra topártelo en la sección de congelados.
  ―Clau… ―pide Macarena en tono de súplica.
  ―Lo siento. Estoy muy tensa.
  ―Te dejo, me voy a acostar. Acabo de tomarme la pastilla.
  ―Está bien, descansa. ¿El viernes irás a la feria?
  ―Unax insiste en que me vendrá bien distraerme y no quiere dejarme sola, así que me temo que no tendré más remedio que ir.
  ―Genial. Nos vemos allí.
  ―Sí, después iremos juntas a trabajar.
  ―Ah, bien. Claro. Descansa, guapi.


  Abigail da vueltas por el hospital junto con su cámara. Ha recorrido el lugar de arriba abajo, excepto el depósito y las habitaciones. Cruza la puerta principal y salen a la calle juntos.
  ―Vámonos, estamos perdiendo el tiempo.
 ―¿Ya se marcha, señorita?―pregunta Tomás con medio cuerpo asomado por la ventana del primer piso.
  La periodista mira hacia arriba y no se molesta en contestar. Nota cierto tono socarrón en la voz del guarda y prefiere evitar conflictos con quien pueda serle de utilidad en algún momento.
  ―¿Estás segura? ―interroga su cámara―. Si nos vamos de aquí con las manos vacías, no tendrás nada que presentarles a los de canal Medianoche y quedarás eliminada del casting.
  ―Es inútil. Podríamos pasar aquí cada noche de cada puñetero mes en este puñetero hospital y no pasaría ni una puñetera cosa paranormal ―se lamenta con los brazos en jarra y se gira para echar un último vistazo al interior del edificio―. Espera…
  La mujer entra de nuevo al hospital, guiada por una luz intermitente situada al final del pasillo de la planta baja.
 ―¿No creerás que sor Matilde ha olvidado pagar la factura de Iberdrola?
 ―No ―responde avanzando por el corredor y con la vista fija al frente―. Se la habrían cortado del tirón. Menudos cabrones están hechos…
  ―Cállate ―le corta él―. ¿Has oído eso? ―Ella niega con la cabeza y lo mira de refilón sin dejar de andar―. Es como un jadeo, ¿de verdad que no lo oyes? ―interroga encendiendo la cámara―. Es como un «ah» entrecortado, muy bajito.
  La periodista niega de nuevo y continúa caminando a la cabeza.
  ―¿Hola? ―pregunta entrecerrando los ojos―. ¿Enfermera? ―Agarra el pomo de la puerta semiabierta por la que se escapa otro halo luminoso intermitente. Se adentra en el baño y se acuclilla para mirar por debajo de las puertas cerradas. La bombilla vuelve a funcionar con normalidad para cuando termina de revisar el último aseo de señoras. Suelta un suspiro mezcla de alivio y resignación―. Hay que fastidiarse con el subconsciente, ¿eh? ―interroga―. ¿No crees? ―insiste y esta vez mira hacia atrás.
  La periodista sale del baño y mira a ambos lados. Entonces, repara en las gafas del suelo. Se agacha para cogerlas y llama al cámara. Empuja despacio la puerta de los baños de hombre  con las gafas en la mano y busca el interruptor.
  ―¿Estás aquí? ―pregunta susurrando―. Si meáis a oscuras no me extraña que siempre salpiquéis la taza ―dice soltando una carcajada más alta de lo que le habría gustado. ―Al fin da la luz y entra―. ¿Te encuentras bien? Yo también estoy nerviosa, es normal que se resienta el estómago. ¿Quieres que te espere fuera? ―pregunta inclinándose en busca de los zapatos de su colega―. Oye, dime algo―ordena abriendo con cuidado la puerta del primer aseo. Se detiene y saca el móvil del bolsillo trasero de su vaquero. Ni mensajes ni llamadas perdidas en modo silencio―. En serio, agradezco tu ayuda, pero necesito que lo que grabemos sea real, en Medianoche analizan todo exhaustivamente, si les presentamos un montaje se darán cuenta ―continúa abriendo la puerta del segundo aseo―. «Fuera de mi casa, zorra» ―lee la pintada de la pared―. Vale, te lo has currado un montón, lo admito ―dice acercándose a la última puerta―, pero necesito que estés aquí para grabarlo…
  Entra en el tercer aseo y una fuerza que no alcanza a ver la empuja haciendo que se golpee la espinilla contra el inodoro y después el codo contra la pared. La puerta se cierra e intenta abrirla girando una y otra vez la manija.
  ―¡Déjame salir! ―pide dando un par de golpes con el puño―. Esto no es buena idea. Escucha…
  ―Escucha tú ―interrumpe una voz en oz. ―Gail suelta la manija y se pega a la pared que está a su espalda―. Estate callada si no quieres terminar como él.
  Se oye un golpe seco y la periodista se arrodilla en el suelo. Trata de mirar bajo la puerta mientras se desliza conteniendo la respiración hasta la puerta, y echa el cerrojo justo un instante antes de que el pomo se mueva desde el otro lado. Retrocede sobre su trasero y observa fijamente el pequeño hueco entre la puerta y el suelo.
  ―¿Quién eres? ―pregunta abrazándose y clavándose las uñas en la clavícula.
  ―¡La dueña de este lugar! ―exclama la voz mientras un brazo atrapa el tobillo de Gail desde el aseo de al lado.
  La periodista golpea con el puño la mano que la aferra hasta que ésta la suelta e intenta salir del aseo olvidando que el pestillo está puesto. Consigue abrir la puerta al segundo intento y huye del baño tras saltar el cadáver desnucado de su cámara.


  ―Que sepas que no estoy nada cómoda aquí ―se queja Macarena.
  ―No seas así. Son mis primeras fiestas en el pueblo, solo quiero ver de qué va esto ―explica Unax.
  Claudia se acerca a la pareja entre algodones de azúcar y manzanas rojas de caramelo.
  ―¿Qué tal, chicos? ―pregunta ofreciéndoles un regaliz rojo gigante, que se dobla arriba y abajo mientras les hace la pregunta.
  ―Bien. ¿Nos vamos ya? ―pregunta Maca al verla llegar.
  ―¿Qué dices? ―interroga su compañera encogiéndose de hombros―. Es la mejor noche del año. No pienso llegar al hospital ni un segundo antes de lo debido.
  ―No os entiendo ―se queja Maca―. ¿Es qué soy la única que es consciente del peligro que corremos?, ¿de que lo que está pasando no es normal?
  ―Ha sido un cúmulo de desgracias, no le des más vueltas ―pide Claudia, saludando con la mano arriba a Yomara―. ¿No creerás que un fantasma intenta matarnos a todos? No tienen esa capacidad.
  ―Increíble… ―murmura la chica―. ¿Lo de Charlie también fue fortuito?
  ―Claro. Se tropezó y cayó en el arcón. La tapa se cerró y el pobre se heló.
  ―Y el cuello rebanado se lo hizo la tapa del congelador, ¿verdad? Mirad, yo no sé si es sor Matilde o qué, pero…
  ―Aupa ―saluda Yomara con la cabeza―. ¿Los demás aún no han llegado? Será mejor que estemos todos juntos ―sugiere tirando de las asas de su mochila.
  ―Menos mal ―dice Maca antes de soltar un suspiro―. Alguien más con dos dedos de frente.
  ―Es que el desfile es la parte más divertida de toda la feria, y juntos hacemos bulto para que no se nos pongan delante las abuelas ávidas de golosinas siniestras ―imita con los brazos al frente simulando un zombi―. Me tienen más que harta, parece que solo sus nietos tienen derecho a nuevas caries.
  ―¿Qué pasa, tíos? ―pregunta Aitzol apartando con poca delicadeza a dos chicos que se interponen en su camino―. ¿Habéis visto a Dunia?
 ―¿Dónde?, ¿qué hace aquí?, ¿cuándo la has visto? ―interroga Claudia.
 ―Estaba dando vueltas entre la mansión del terror y los autos diabólicos. No me ha oído llamarla.
  ―Mejor ―contesta Clau―. Todo esto se ha liado por su culpa y su maldito blog… Me refiero a lo de Abigail López. Está aquí por ella ―añade después de mirar la cara estupefacta de Macarena―. Se largó del hospital porque no soportaba tanta «cosa rara» y desde entonces se dedica a contar lo que vio y lo que se inventa sobre la marcha para seguir sumando seguidores.
  ―Genial ―suelta Yomara con el gesto torcido―. Ya ha llegado la poli para cortarnos el rollo. ―Tira el cigarro al suelo y lo pisa.
  ―Buenas noches ―saluda Kaleb―. Y espero que sigan siendo buenas por muchos años más, pero fumando lo veo complicado ―dice echando un vistazo al suelo, junto al pie de su hermana―. Tampoco creo que las botellas de dos litros de kalimotxo que te he visto guardar en casa ayuden mucho ―añade señalando la mochila de Yomara.
  ―Sí, sí, sí… ―le contesta quitando importancia a sus palabras con la mano.
  ―Ibai acaba de escribir en el grupo ―anuncia Claudia.
  ―Dice que está haciendo cola en la mansión del terror ―lee Aitzol―, que pasa del desfile.
  ―¿Vamos yendo nosotros entonces? ―pregunta Unax dando un paso en dirección al espectáculo.
  Los demás asienten y dejan atrás a Kaleb que les despide con una advertencia sobre la marihuana y sus efectos. Llegan hasta la primera fila y la caminata coordinada de monstruos pasa por delante de ellos al ritmo de una tétrica música que le pone los pelos de punta a Macarena. La chica saca una pastilla de su cartera y traga ayudada por un sorbo de agua del botellín que comparte con Unax.
  ―¿Qué es eso? ―quiere saber él―. Necesito que estés lúcida esta noche. Tienes que ayudarme con mi tesis.
  ―No va a pasar nada ―avisa Yomara.
  ―Tú no has estado en el hospital de noche. No tienes ni idea ―le espeta Clau.
  ―Vale, que sí ―dice Aitzol aplaudiendo―. Vamos a la mansión y sigamos con la tradicional noche de Halloween.
  ―Yo no pedí que cambiarais la celebración de Halloween de fecha ―contesta Maca dándose por aludida.
  ―Es una tradición. Las tradiciones deben respetarse ―se queja el chico sin girarse para mirarla.


  Ibai aparta la tela de araña que ejerce de puerta principal de la mansión del terror y entra seguido por los demás. Yomara agarra el brazo de Aitzol, que a pesar de hacerse el valiente, no puede evitar sobresaltarse con el vampiro que sale de su tumba vertical.
  ―¡Yo por ahí no paso! ―exclama Ibai al enfrentarse a un pasillo largo y oscuro.

  «Por favor, avancen o abandonen la atracción por la puerta que se encuentra a su derecha».

  ―Te han tenido que llamar la atención, como cuando éramos niños ―se mofa Aitzol.
 ―Me da igual. Es que al llegar al final del pasillo va a salir alguien fijo ―se excusa el aludido―. ¿Me acompaña alguien a la salida? Ando bastante nervioso últimamente, no debería de haber entrado.
  ―Es una tontería ―lo anima Claudia―. Dame la mano, yo iré delante.
  ―Qué va, qué va ―repite abrazándose a sí mismo.
  ―Me los estáis hinchando ya… ―murmura Aitzol.

  «Por favor, avancen o abandonen la atracción por la puerta que se encuentra a su derecha», repite la inexpresiva voz.

  ―Venga, tío ―dice Unax.
  ―Que no, que no ―repite Ibai.
 ―¿Qué no? ―le suelta Aitzol―. ¡Madre mía, te digo yo a ti que sí! ―Lo agarra por el brazo y tira de él hacia delante―. No vais a joderme más la noche.
  Maca le hace una señal a Unax para que no interceda. El chico hace caso y atraviesan todos juntos el oscuro pasillo.
  ―¿Ves? ―pregunta Aitzol algo más relajado.
 ―Vete a la mierda ―le contesta Ibai―. Eres un orangután, un neandertal, ¡un gilipollas!
 ―¡Holaaa!, ¡¿hola?! ―Dunia llega hasta el grupo corriendo renqueante, con la mano en la pierna y respirando agitadamente.
  ―¿Qué haces tú aquí? ―pregunta Yomara cruzándose de brazos y dando un paso al frente.
 ―Supongo que ha venido a buscar inspiración para su blog ―responde Claudia.
  ―Chicas… ―interviene Macarena.
  Todos miran hacia donde señala el dedo índice de Maca y entonces reparan en el pequeño destornillador que Dunia tiene clavado en el muslo derecho.
  ―¡Me cago en la puta!
  ―¡Coño!
  ―¿Qué cojones…?
 ―Joder, que no cunda el pánico ―ordena Claudia―. ¿Qué te ha pasado?
 ―Vávávámonos ―pide Dunia―. Fuera, ella… ―murmura mirando hacia atrás una y otra vez.
  ―Dios, qué chungo… ―Ibai echa a correr con la vista aún en la chica herida y choca contra otro ataúd vertical. La puerta de la tumba se abre por el golpe y deja escapar una momia, que se estampa de espaldas contra el suelo.
  ―Vávámonos ―insiste Dunia.
  Aitzol y Yomara saltan la figura vendada mientras Maca reconforta a Dunia frotando su hombro y tira suave de ella con la otra mano.
  ―Chicos, esperad ―pide Unax acuclillándose en el suelo.
  ―¿Quééé? ―preguntan al unísono.
  Claudia se agacha junto a él e ilumina con la linterna del móvil.
  ―Esta momia se parece demasiado a Sergio.


Continuará el jueves 26 de octubre a las 18:30 (hora española).

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