19 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (5)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra


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                                        CAPÍTULO 5

   ―Cálmate y cuéntame de nuevo qué ha sucedido exactamente.
  ―Te lo he contado tres veces, Kaleb ―dice Zaloa echándose hacia delante y colocando los puños en la mesa del joven inspector―. Cuando llegué a la ventana había una especie de monja huyendo de allí y Gabino estaba…
  ―No quiero ofenderte, pero imagino que viste mal. Ya sabes, de noche se confunden cosas. Se ve peor y encima tú estabas asustada. Habías entrado en modo pánico.
    ―Que te den ―responde poniéndose en pie.
  ―No puedes irte aún, ni hablarme así ―matiza endureciendo el tono―. No creo que debas volver a la pensión. Aquí estás más segura por ahora.
  ―Es que, ¿vas a protegerme tú de sor Matilde? ―pregunta cruzándose de brazos y mirándolo fijamente.
  ―¿De qué…? ―Suelta una carcajada―. Por Dios, Zaloa. ¿No me digas que todavía andáis con esa chorrada de leyenda? ―pregunta repasándose el cuidado bigote con la mano.
  ―Empiezo a creer que no es una leyenda urbana. No soy la única que la ha visto.
   ―Créeme es una leyenda estúpida para asustar a los niños del pueblo.
  ―Claudia y Maca también la han visto. Y otros trabajadores del hospital.
  ―Es una historia ridícula ―insiste levantado el auricular del teléfono.
  ―No lo es, y empiezo a tener miedo ―admite sentándose de nuevo―. ¿A quién llamas?
  ―A mi hermana. Esta noche dormirás en nuestra casa ―anuncia―. No les digas nada a tus padres. No quiero que cunda el pánico en el pueblo. Gabino era un pobre hombre. Probablemente, el síndrome de abstinencia lo llevó al derílium trémens y… Ya conoces el desgraciado final de la historia.
  ―¿De qué estás hablando? ―pregunta torciendo el gesto―. Gabino seguía bebiendo, que yo sepa no lo había dejado.
  ―No es lo que dice su nota de suicidio.
  ―¿Qué nota? ―interroga Yomara entrando por la puerta.
  ―No puedes entrar así, cuando te dé la gana ―la reprende Kaleb.
 ―Tranquilo, señor inspector ―se burla―. Solo vengo porque tú me has llamado. ¿Qué ha pasado?
  ―Es confidencial por ahora ―contesta el chico mientras teclea en su ordenador.
  ―Ya, como que Zaloa no me lo va a contar nada más llegar a casa ―se jacta.
  ―Espero que no ―contesta él―. A no ser que quiera obstruir una investigación en curso y asumir las consecuencias que eso pueda acarrearle.
 ―Gabino no se suicidó ―dice Zaloa alcanzando la puerta―. Lo escuché hablar con alguien.
  ―¿Y también escuchaste a la otra persona?
  Zaloa niega con la cabeza y vuelve la puerta hasta casi cerrarla.
  ―Id a casa y descansad ―ordena.


  Después de pasarse el hilo dental y enjuagarse la boca con el colutorio de Yomara, Zaloa se lava la cara para refrescarse. No consigue quitarse de la cabeza la imagen de Gabino colgando del aire acondicionado. Busca en el cajón de las medicinas del baño y se traga un ansiolítico. Regresa a la habitación de su amiga y abre la cama.
 ―¡Chicas! ―La madre de Yomara asoma a la puerta con un bizcocho redondo y espolvoreado con sprinkles de chocolate―. ¿Un trocito para endulzar los sueños?
  ―No gracias, acabo de lavarme los dientes.
  ―Yo sí ―dice Yomara acercándose para oler el postre―. Ummm…
 ―Está bien ―dice Zaloa esbozando media sonrisa―. ¿No podemos resistirnos, eh? ―se pregunta a sí misma mientras echa una mirada a sus caderas.
  Las chicas devoran el pedazo de bizcocho y se meten en sus respectivas camas.
  ―Buenas noches ―dice Yomara apagando la luz.
  ―Buenagh, aghhh…
 ―¿Zaloa? ―Yomara enciende la luz y se levanta de un brinco―. ¡¿Zaloa?!
  La chica se lleva las manos a la garganta y emite sonidos ahogados. Señala su bolso.
  ―Sí, voy, claro, bolso ―dice Yomara de forma inconexa.
  Busca en el bolso de Zaloa la jeringa de epinefrina mientras su madre alertada por los gritos entra en la habitación e incorpora a la muchacha, tratando de ayudar a sus vías respiratorias.
  ―¡Mamá, joder! ―grita Yomara desparramando el contenido del bolso por los suelos―. Es alérgica al cacahuete. ¡Lo sabes! ¿Cuánto le has echado al bizcocho?
  ―Nada, nada ―repite acariciando la cabeza de Zaloa, que se asfixia entre sus brazos―. Ya sé que es alérgica, por Dios, la conozco desde que teníais tres años. ¿Dónde está la maldita jeringuilla?
  ―¡Aquí! ―exclama Yomara elevándola sobre su cabeza.
  Su madre le arrebata la jeringa y la clava en la pierna de Zaloa sin miramientos.
  ―Ya está, cielo, ya está. En unos segundos te pondrás bien.
 ―¿Qué está pasando aquí? ―interroga el padre de Yomara irrumpiendo en el cuarto―. ¿Qué son todos estos gritos?
  ―Está bien, cariño. No ha pasado nada.
  El hombre observa a Zaloa que se lleva las manos al cuello de nuevo y comienza a ponerse morada. Golpea el colchón y la pierna de la mujer mientras sus ojos se inyectan en sangre.
  ―¡Papá, una ambulancia! ―grita Yomara―. Llama, ¡ahora!
  El hombre sale despavorido de la habitación en busca de un teléfono.
 ―No lo entiendo. ¿Por qué no funciona? ―pregunta Yomara buscando la fecha de caducidad en la caja.
  Los brazos de Zaloa dejan de moverse y la madre de Yomara acerca el oído a la cara de la chica. Apoya la cabeza sobre su pecho y deja escapar un suspiro que precede a semanas de llanto.


  ―Les habla Abigail López para el Canal Medianoche ―comienza la reportera cuando el piloto de la cámara se enciende―. Hoy, veintisiete de octubre, me encuentro en la pequeña ciudad de Getabetxu para informarles sobre una terrible noticia, en realidad dos. Pero comencemos por el principio: Getabetxu parece estar bajo el influjo de alguna maldición a juzgar por la pérdida apenas hace cinco años de la joven Ane, cuya muerte hizo estremecer a todo el país por lo perturbador del caso, aún sin esclarecer ni cerrar; esta vez, la pequeña localidad se ve envuelta en una serie de extraños acontecimientos bautizados por los lugareños como el «dominó suicida». En las últimas semanas, varios jóvenes del mismo grupo y un hombre de sesenta y seis años han muerto en extrañas circunstancias mientras uno de los muchachos sigue en paradero desconocido. ―La reportera camina por la calle principal, en dirección a La choza―. Todo apunta a que las víctimas se quitaron la vida de forma voluntaria y premeditada, aunque una de las investigaciones aún sigue en curso, por lo que no puedo aportarles mayor información al respecto ―continúa y abre la puerta de la taberna―. Este es el lugar de reunión del grupo de amigos del que cada vez quedan menos miembros. ¿Habrá terminado todo con el fallecimiento de Nadia Renovales y el intento fallido de suicidio de su novio Edorta Mansino? ―Se acerca a la barra―. Usted es el dueño, ¿verdad? ―El tipo asiente con la cabeza y esboza una sonrisa forzada a medio camino entre la alegría por la publicidad gratuita y la consideración por los cuerpos todavía calientes―. Cuéntenos, amigo.
  ―Se dice que Nadia tomó un brebaje de esos que preparan los farmacéuticos y se intoxicó, después su novio muy afectado por la muerte de ella se tiró desde el último piso del edificio que ayudaba a construir ―cuenta con el ceño fruncido.
 ―¿Y usted no está acuerdo? ―pregunta acercando de nuevo el micrófono a la boca del camarero.
  ―Nadia era incapaz de preparar nada en la farmacia y todo el mundo lo sabe. Corre el rumor de que no consiguió terminar la carrera de farmacia, de que la echaron el primer año por suspender todas las asignaturas. Pero el negocio es de su familia y ya sabe cómo funcionan estas cosas…
  ―¿Diría que trabajaba sin la titulación necesaria?
  ―No me atrevo a confirmarlo. No quiero líos, pero eso se dice.
  ―¿Y su novio?
  ―Ese chaval era un imbécil ―sentencia―. No me gusta hablar mal de los que ya no están, pero…
  ―Disculpe, pero si mi información no es incorrecta, Edorta Mansino aún vive.
 ―Bueno, sí, supongo que… Lo siento, tengo que trabajar ―dice dándose la vuelta y dejando a la reportera con cara de circunstancias en el más riguroso directo.
 ―Edorta Mansino permanece en coma y los rumores de su «accidente» y del resto ―continúa ella entrecomillando con los dedos― están vinculados a una misteriosa mujer de Dios. Dentro de unas horas, cuando anochezca, visitaré el hospital para grabar un especial que se emitirá durante la noche de Halloween. ¿Sobreviviré o pasaré a formar parte yo también del «dominó suicida»?
  ―Perfecto, Gail ―felicita su cámara tras cortar la emisión―. Ha quedado perfecto. Estoy deseando que llegue esta noche.
  ―No entiendo cómo la directora del hospital les ha dado permiso ―dice Kaleb a modo de saludo.
   ―¿Y usted es? ―pregunta la reportera.
  ―El inspector que lleva este caso. ―Se acerca tratando de disimular la sutil cojera que le caracteriza.
  ―Estupendo. ¿Le gustaría responder a unas preguntas?
 ―Gracias, pero creo que voy a pasar de la prensa amarilla y de sus lacayos naranjas ―le espeta señalando la cara de ella.
  ―El maquillaje ha de ser más intenso para salir en cámara ―se excusa la chica enrojeciendo más por rabia que por vergüenza.
  ―Lo que usted diga ―responde Kaleb―. Aléjese de mi ciudad.
  ―Aléjese usted de mí y de mi reportaje ―responde ella.
  ―¿Me está amenazando?
  ―¿Y usted a mí?
  ―La estaré vigilando. Buenos días, señorita ―se despide inclinando la cabeza hacia delante.


  ―No me hace ninguna gracia que venga esa periodista y nos siga con su puñetera cámara al hombro, ¿qué se han creído que es esto? ―se queja Claudia pulsando el botón del capuchino de la máquina.
  ―Qué me vas a contar ―responde Maca cogiendo un vaso de plástico de la pila―. Me siento ridícula. No somos esperpentos de feria. Si tuviera algún familiar ingresado aquí montaría un pollo.
  ―Te lo digo siempre. Este sitio es una farsa. No les importan los enfermos sino quedar bien de cara a la galería; poder decir que el viejo consultorio pasó a la historia y que ahora la ciudad y alrededores están dotados de un hospital de última generación.
  ―Aunque algunos trabajadores sean de viejas generaciones…
  ―Vaya, ¿por fin me crees? ―pregunta dándole un codazo en el brazo.
  ―Yo no he dicho eso. Pero tampoco puedo negar que percibo cosas.
  ―¿Sombras?
  ―Algo más. ―Se encoge de hombros―. A veces me siento observada, como si alguien me siguiera…
  ―A veces creo que estoy loca ―confiesa. Da un sorbo al café y mira de reojo a Macarena―. Posiblemente, todo esté en mi cabeza.
  ―¿Por qué dices eso?
 ―No sería la primera vez que me pasa ―cuenta soltando aire por la nariz―. Hace tiempo, cuando lo de… ―Señala la cicatriz grande de su mejilla―. Tomaba mucha medicación. Me dijeron que las alucinaciones podían ser producto de aquello.
  ―¿Qué alucinaciones? ―quiere saber mientras se prepara un expreso.
 ―En realidad eran llamadas ―explica haciendo elipsis con la mano libre―. Después del incendio, me llamaron un montón de veces de madrugada. Me despertaba sobresaltada y buscaba a mi abuela, pero… ―Se coloca el pelo detrás de la oreja e inmediatamente después se lo echa de nuevo sobre la cara―. Obviamente, ella no respondía.
  ―¿Y eso? ―Pega dos pequeños sorbos seguidos y sopla dentro del vaso.
  ―Mi abuela murió en el incendio ―explica dejando la bebida caliente en la mesa y tomando asiento.
  ―Vaya, lo siento. ¿Hace mucho de…?
  ―Medio año. El día treinta y uno se cumplen los seis meses.
 ―Mi padre también falleció hace seis meses. Te entiendo, es muy duro. ¿Vivías con ella?
  ―Sí. Mis padres siempre han viajado mucho por trabajo y la abuela decía que eso no era vida para una niña, así que me crie con ella.
  ―¿Tú también vivías con tu padre?
  ―Sí, claro. Bueno, hasta que me fui fuera a estudiar ―matiza―. De no ser por este curro aún seguiría lejos, ni siquiera volví cuando…
  ―Se ahogó, ¿verdad? ―Macarena asiente y oculta su mirada en el vaso de café para ahogar la expresión de sorpresa. Da otro sorbo―. Dios, perdona. ―Claudia se golpea la frente―. Soy una burra insensible.
 ―No te preocupes ―carraspea―. Sí ―contesta retomando la pregunta―. Era un gran nadador, pero el agua es peligrosa y traicionera. Nunca se debe ir solo.
  ―Daría lo que fuera por poder hablar con ella una vez más y darle las gracias por todo, incluido lo de salvarme la vida ―suelta entre carcajadas entrecortadas―. Crees que tienes toda la vida por delante, das por sentadas muchas cosas y un día de repente… ―Se calla con los ojos brillantes y la mandíbula prieta.
  ―Será mejor que hagamos la primera ronda antes de que llegue esa pedorra de Abigail López ―interrumpe tratando de evitar que Claudia se derrumbe.
  ―La odio.
  ―A mí me cae gorda, pero no diría tanto. ―Echa un vistazo a su reloj.
  ―Odio a la gente que es capaz de todo con tal de destacar o triunfar. No creo que a sor Matilde le haga mucha gracia su visita.
  ―Calla, joder ―pide tras sobresaltarse con el timbre del teléfono.
  ―¿Sí? ―Clau descuelga―. Ok, vamos.
  ―¿Quién era?
 ―Tomás. Dice que el familiar de una de las pacientes quiere poner una hoja de reclamaciones.
  ―¿Y a nosotras qué coño nos cuenta? O sea, no lo digo por Tomás, sino por el familiar. Para eso está el personal administrativo.
  ―Ya. O atención al paciente, ¿no? ―suelta echándose a reír―. Ya te dije que en un lugar como este, nosotras nos encargamos de todo, querida.
  ―No me parece justo.
 ―Ya, pues díselo a Pepelu… Después de lo que le pasó a él y, de que Dunia saliera despavorida cotorreando lo que vio aquí por redes sociales, no quiere venir a este hospital ni Dios y eso que él está en todas partes…


  Macarena aparca el coche en la acera del Seven Eleven, en doble fila, y deja las luces de emergencia puestas.
  ―Hola ―dice mientras suena la campanita de la entrada con su llegada.
  ―Eh, ¿qué tal? ―contesta Unax asomando la cabeza por encima de unas estanterías―. ¿No currabas hoy?
  ―Sí, me he escapado un momento. Antes de que llegue la puñetera Abigail López.
  ―Es una pasada. Que vayan a hacer un reportaje, digo. ―La rodea por la cintura―. Pero ¿sabes lo que es aún más increíble?
  ―¿El qué? ―pregunta conteniendo una sonrisa.
 ―Esos ojos, esa naricita ―dice paseando el índice por el tabique y tintineando en la punta―, esos labios… ―susurra mordiéndose el suyo.
  ―¿Qué pasa, gente? ―Sergi entra con tanto ímpetu que la campana parece que fuera a salir volando.
Unax suelta a Maca y se coloca detrás del mostrador. Sergi abre la nevera y coge un par de refrescos de cola.
  ―Oye ―llama ella―, ¿no te quedan tampones compact? Estos tan largos no me entran en el bolso pequeño ―se queja sujetando una cajita amarilla en alto.
  ―Halaaa, tú no te cortes ―le dice Sergi―. Que me interesan mucho tus ciclos menstruales y tus objetos favoritos de higiene femenina.
  ―¿Tienes algún problema con la regla? ―Macarena deja la caja en la balda en la que estaba y se coloca en jarras―. Porque a mí tampoco me interesan tus historias de vigoréxico mentiroso y bineuronal y bien que me las trago cuando pasas por La choza a pavonearte.
  ―Round one! ―grita Unax levantando el brazo con el puño cerrado.
  ―Paso de ti y de tus pérdidas de sangre ―le espeta el ofendido.
 ―Yo también paso de ti ―responde Maca―, pero no de tus pérdidas neuronales porque como se evapore una de las dos que te quedan cualquiera te aguanta en nuestro próximo encuentro… ―Le guiña un ojo.
  Macarena se calla al ver llegar nuevos clientes a la tienda.
 Sergi paga y se despide únicamente de Unax, que le sugiere a Maca que entre ella misma al almacén a buscar sus tampones.
  ―¿Dónde…? ―se pregunta palpando la pared lisa―. Juraría que estaba por aquí―. ¡Ay! ―Cierra la puerta con el trasero al darse la vuelta para esquivar un objeto no identificado.
   ―¿Buscabas esto? ―interroga una voz distorsionada que no es capaz de ubicar.
 ―¿Quién… Sergi? ―Se tapa los ojos con las manos durante un par de segundos para protegerse de la luz.
  ―Frío, frío…
  Macarena se gira en busca de la voz y avanza hacia la puerta entornada al otro lado del almacén.
  ―Frío, frío…
  La chica vuelve sobre sus pasos y se agacha para ver por debajo de las estanterías repletas de cajas grandes de cartón.
  ―Templado…
 ―Ya vale, ¿Sergi? ―pregunta mirando hacia la puerta que da al callejón―. ¿Aitzol? No tiene gracia. ―Camina hasta el arcón frigorífico.
  ―Caliente…
  Maca agarra el asa de la enorme nevera y tira con fuerza hacia arriba emitiendo un gruñido entre el esfuerzo y el cabreo.
  ―Ardiendo…
  Macarena abre el arcón del todo y la puerta golpea la pared, que vuelve a cerrarse por el rebote.
  Unax entra alertado por el grito de la chica.
 ―¿Maca?, ¿qué pasa? ―La agita por los hombros―. Dime algo. ―Macarena señala el arcón con un dedo y mantiene los ojos muy abiertos, apenas pestañea.
  ―Dentro… ―murmura ella sin mover los labios.
  ―¿Qué mire dentro?
  La chica asiente con la mirada fija en él y Unax abre despacio el arcón.
  ―¡Joder! ―Suelta la puerta de golpe―. ¿Qué…? ―Se encorva hacia delante y el perrito caliente de la cena se escapa de su estómago―. Charlie… ―dice secándose el sudor frío de la frente.


  ―Abigail López retransmitiendo desde el hospital de Getabetxu, un lugar construido para fomentar la salud con su campaña antitabaco y mantener el bienestar o general de la población. Pero la realidad dista mucho de todo lo mencionado. Un edificio en el que ocurren extraños sucesos que se escapan a la lógica o explicación científica. Acompáñenme si se atreven…
  ―Perfecto, Gail ―dice el cámara apagando el aparato y dándole una palmada en el hombro.
  ―Esto me catapultará a la fama ―responde ella alzando los puños en el aire―. Espero que me den el programa.
 ―Seguro, no hay nadie mejor que tú cazando «fantasmas» ―dice entrecomillando con los dedos y echando a reír.
 ―No deberíais reíros ―les corta Claudia abriendo las puertas automáticas bloqueadas―. Aquí pasan cosas de verdad y esta noche lo comprobaréis.


Continuará el martes 24 de octubre a las 18:30 (hora española).

Si te interesa leer la historia de la que habla Abigail López en su reportaje... pincha aquí (está dividida en dos partes, ambas subidas al blog).

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