17 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (4)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra



dia de los muertos

                                          CAPÍTULO 4

  ―¿Qué pasa? ―pregunta Maca imitando la postura.
  ―Joder, di algo… ―pide Ibai estrujando el brazo de Nadia.
  ―¿No lo habéis visto?
  ―No, coño ―confirma Sergi―. ¿El qué?
  ―Una silueta alargada. Ha desaparecido detrás de esa lápida ―señala al frente y barre hacia la derecha con la mano.
  ―Os demostraré que es pura sugestión ―dice Macarena levantándose―, como las sombras del hospital.
  Maca coge la mano de Unax que está de pie a su lado y lo arrastra hasta la lápida en cuestión.
  ―¡Venga, valiente! ―grita Aitzol inmóvil en su sitio.
 ―¡Eso! ―exclama Edorta―. ¡Saluda a sor Matilde de mis partes! ―dice agarrándose la entrepierna.
  ―Imbéciles… ―murmura estrujando la mano del chico.
  ―¡¿Gabino?! ―pregunta Unax cuando Maca y él rodean la tumba.
 ―¿Te encuentras bien? ―pregunta ella tendiéndole ahora las dos manos libres.
 ―Cuánto jaleo armáis ―se queja el hombre agitando los brazos―. Los fines de semana a veces duermo aquí para que los chavales del pueblo no me den el coñazo, pero había olvidado que ya es Halloween y este lugar se pone imposible.
  Gabino tiene razón. El cementerio es el lugar preferido de todos los grupos de amigos de entre doce y veintipocos años el día de Todos los Santos y su víspera, especialmente de noche. Hubo un año en que casi había que sacar número para conseguir un hueco entre la tierra húmeda y los matojos mustios.
  ―Aún no es Halloween ―le cuenta Macarena con los brazos en jarra―. Queda una semana. Recuérdame que estarás por aquí para no matarme de un infarto si se me ocurre pasarme.
  ―Si llega vivo… ―murmura Unax.
  ―Qué bestia, tío ―le recrimina ella.
  ―Realista diría yo. ¿Has visto cómo anda?
 ―Seguro que duro más que tú, guayetis de playa ―le espeta el hombre.
  ―Lo dudo ―contesta cruzándose de brazos―. Con ese vocabulario debes de tener por lo menos ciento veinte años.
  ―No seas capullo ―pide Maca dándole un suave puñetazo en el abdomen―, es lo único que te diferencia de ellos. ―Señala con la cabeza hacia el grupo.
  ―Diría que Aitzol no siempre te cayó tan mal.
  ―¿Y eso?
  ―He visto cómo te mira cuando hablas, y cuando cree que nadie se fija en él.
  ―Qué va.
  ―Uy, sí ―dice Gabino con la espalda apoyada en la piedra cubierta por la humedad que produce la neblina―. Cuando eran mozos salieron largas temporadas.
  ―¿Qué dice? ―pregunta Unax bajando la vista al suelo.
 ―Tonterías ―contesta Maca―. Cosas de niños, teníamos quince años…
  ―Lo cogían, lo dejaban… Amor odio que se suele decir ―explica el hombre.
  ―¡¿Qué hacéis?! ―pregunta Nadia soltando un gallo.
  ―¡Nos vamos! ―advierte Edorta.
  Macarena y Unax vuelven junto al grupo y llevan consigo al hombre. Si las cosas no han cambiado, Maca sabe que las noches más frías, Zaloa deja dormir gratis a Gabino en la pensión en la que trabaja.


  Charlie da vueltas por el pueblo en busca de clientes, pero parece que la incipiente lluvia y la brisa no animan a alternar. Cruza la avenida principal: las persianas están bajadas en la mayoría de viviendas y, en las pocas que una tenue luz atraviesa los visillos, imagina a las familias al completo cotilleando alrededor de la televisión o disfrutando de una película con palomitas. En realidad, a él también le gustaría estar en casa, pero jugando a la Xbox online; sin embargo, de alguna manera hay que ganarse la vida y cada uno lo hace lo mejor que sabe o puede.
  Abandona su zona de confort para probar suerte en las poblaciones cercanas. Si no recuerda mal, Yomara contó que en el barrio en el que está su peluquería se celebraba hoy una ostentosa boda; así que gira a la izquierda y después a la derecha en la rotonda de salida del pueblo. El GPS le indica que continúe por un «camino de cabras» y Charlie obvia la sugerencia por lo que el aparato le redirecciona.
  Aprecia varias siluetas junto a la carretera secundaria donde se ubica el núcleo de bares y cafeterías más importante de la zona.
  ―Bah… ―se queja al acercarse, y percibir que son trabajadores de los establecimientos tirando basura en los contenedores.
  Sigue recto y termina entrando en uno de los «caminos de cabras» que pretendía eludir.
  La carretera es estrecha y debe avanzar con cautela ya que hay baches y piedras que complican aún más el tramo por culpa del txirimiri. Acciona las luces largas y se relaja al ver que el camino parece terminar unos pocos metros más adelante, al llegar a las casas unifamiliares azules con detalles amarillos: La urbanización de Los azules. Una familia apodada así por los increíbles ojos claros de todos y cada uno de sus miembros; incluido Pepelu, el secretario del hospital, que murió a causa de una explosión en su cigarro cuando salió a fumar por tercera vez durante su turno. Los medios de comunicación lo disfrazaron y dieron poca información al respecto; ya que el caso, según las marujas de la plaza, aún sigue abierto. Pero en el pueblo todos conocen la verdad y están de acuerdo en que debió de ser algún ajuste de cuentas que señala a Los oscuros, una familia de tez curtida bajo el sol con la que Los azules tiene enfrentamientos constantes desde hace siglos por temas de campo.
  Charlie alcanza las viviendas de Los azules y se detiene, escudriña la vista y arranca de nuevo en dirección a la mujer que levanta la mano para atraer su atención.
  ―Buenas noches, hermana ―saluda tras quitar el seguro―. ¿A dónde la llevo?
  La monja de cara acartonada y mirada perdida le enseña un papel escrito a mano y señala el nombre de la pensión de forma insistente.
  ―De acuerdo. En diez minutos estaremos allí.
  La mujer asiente cabizbaja y se recoloca el velo. Se reclina en el asiento y se deja caer hacia la puerta. Charlie sube el volumen de la radio y entonces suena una canción que incluso a él le da reparo escuchar delante del clero; cambia de canal e intenta mirar por el retrovisor para verle la cara, pero no hay manera. Está oculta por el asiento y no tiene intención de moverse cuando Charlie le pregunta si la temperatura es de su agrado.
  ―Gasolinera ―dice él tras leer el papel que le muestra la monja por el hueco entre asientos, estirando el brazo, desde su postura inicial―. ¿No prefiere que la deje en la misma puerta de la pensión? Tiene unos minutos andando desde la gasolinera.
  Ante el silencio de la mujer, Charlie decide obedecer ya que es ella quien paga, y detiene el coche en la pequeña área de servicio. Para el taxímetro.
  ―Está cerrado. No creo que pueda comprar aquí nada para cenar. Pero seguro que la recepcionista le consigue algo ―continúa hablando solo―. Es amiga mía.
Charlie se gira después de mirar el importe de la carrera y antes de que pueda decir una sola palabra más, la monja le rebana el cuello con un cúter oxidado.


  Zaloa se dispone a darle un mordisco al bocadillo de tortilla francesa con chorizo que se acaba de preparar cuando suena el timbre de la puerta.
  ―Otro que se ha perdido…―murmura soltando el bocata y resoplando.
  La chica se acerca hasta la puerta y corre la cortinilla que cubre el ventanuco, pega la nariz y observa el exterior, quita el cerrojo y abre la puerta.
  ―¿Hola? ―pregunta mirando a un lado y al otro―. Qué manera de tocar los huevos de gratis. ―Pega un bufido y cierra de un portazo.
  Vuelve al despacho, junto a la recepción, y abre la boca como si fuera a comerse el bocadillo de golpe. Después del tercer mordisco da un sorbo al zumo. Un crujido de la rancia madera del pasillo la asusta y derrama parte del contenido del vaso en el suelo.
  ―Mierda.
  Zaloa cruza el vestíbulo y entra en la cocina. Se detiene en seco y mira de reojo hacia atrás.
  ―Qué tonta… ―susurra dándose un golpecito en la frente.
  Coge el trapo del fregadero y vuelve al despacho. El zumo derramado ya no forma un surco redondeado como cuando se ha caído; ahora es alargado y se extiende hasta el armario junto a la ventana. Zaloa sigue las gotas y justo delante del macizo mueble el líquido desaparece en forma de huella.
  ―¿Qué narices…?
  Agarra el pomo y piensa estática durante unos segundos. Agita la cabeza para quitarse ideas perturbadoras de la mente y abre de golpe una de las puertas.
  ―Puñetero Aitzol…
  Asoma la cabeza al interior y lo único que encuentra son archivadores y algunas toallas, tal y como esperaba en realidad.
  ―Ya vale, te he pillado ―dice volviéndose hacia la puerta, percibiendo la misma sombra de antes por el rabillo del ojo.
  Regresa a la recepción y repara en la puerta principal. Ha debido de olvidar cerrarla cuando ha abierto para mirar fuera hace unos minutos.
  ―No pienso jugar al gato y al ratón, ¿me oyes? ―pregunta elevando la voz―. Todos los años igual…
  Zaloa se sienta y mueve el cursor para devolver la actividad a la pantalla del ordenador.
  ―«Estáis muertos» ―lee la enorme letra roja sobre fondo negro.
  Empuja la mesa con las manos y se mueve hacia atrás, deslizada por la silla con ruedas, y se empotra contra la pared a sus espaldas.
 ―¡Vale ya! ―grita aferrándose a los reposabrazos y mirando a los lados compulsivamente―. ¡Basta!, ¿me oyes? ¡Te estás pasando!
  El teléfono de recepción suena. El volumen es mínimo, ya que Zaloa siempre lo baja por la noche para no molestar a los huéspedes.
  ―Que te jodan ―dice casi para sí misma―. No pienso coger.
  El timbre insiste, la llamada no cesa a pesar de los doce tonos que lleva. Zaloa arrastra los pies, dando pasitos hacia delante, y lleva la silla de nuevo hasta la mesa; levanta el auricular unos centímetros y lo cuelga.
  Exhala despacio y se pone en pie. Se lleva la mano al pecho y nota que los latidos de su corazón se ralentizan hasta casi volver a la normalidad.
 ―No seas tonta, no seas tonta… ―se repite de forma casi inaudible. ―Se le escapa una sonrisa.
  Su móvil suena y lo busca por la mesa de la recepción; siempre lo deja ahí para tenerlo a mano durante el trabajo, pero solo encuentra el cable USB conectado a la torre del ordenador. Zaloa juraría que lo había dejado cargando.
  Afina el oído y trata de seguir la melodía, que la guía hasta la máquina gratuita de café de la misma planta. El móvil está dentro de un vaso de plástico, que se ilumina y tiembla con las vibraciones de la llamada.
  Número desconocido. Toca la pantalla decidida a responder.
  ―¿Sí? ―pregunta―. ¿Sí?, ¿quién llama?
  Se retira el aparato de la oreja y mira la pantalla ante el silencio proveniente del otro lado. Se ha apagado.
  Presiona el botón lateral para encenderlo de nuevo, y se detiene en seco después de marcar el pin.
  ―No, no. Por favor…
  Zaloa guarda el móvil en el bolsillo y se acerca de puntillas a la habitación en la que siempre duerme Gabino cuando ella le permite la entrada.
 ―¿Qué quiere? ―pregunta el hombre―. No sé de qué habla. Déjeme, déjeme ir ―pide emanando desesperación.
  ―¿Gabino? ―Zaloa intenta girar la manija de su puerta.
  ―No entres ―suplica el hombre―. ¡Vete, niña!
  ―Gabino, ¡quita el cerrojo! ―ordena ella dando un golpe con el puño en la puerta―. ¿Qué estás haciendo?
  ―Por favor, haré lo que me pida ―continúa él―. No me haga daño.
  ―Gabino, ya vale ―pide la chica―. Abre, déjame entrar.
  ―No, no ―insiste el hombre―. No pienso hacerlo. No puede obligarme.
  Zaloa corre hasta la recepción y busca la llave maestra en el cajón de llaves y cables varios.
  ―Mierda, joder… ―susurra sacando el cajón de su sitio y tirándolo todo por los suelos en su búsqueda frenética.
 ―Gabino, ¿me oyes? ―La chica regresa a la puerta sin llave y sin esperanza―. ¿Qué está pasando?, ¿te encuentras bien?
  Zaloa echa a correr hacia la calle. Tal vez pueda acceder desde la ventana; aunque tenga que romperla. Sale por la puerta principal jadeando y derrapa al girar a la izquierda. Se detiene de golpe al ver la silueta que corre y se aleja ondeando la falda de su túnica y el velo, perdiéndose entre edificios.
  ―¿Gabino? ―Reemprende la acelerada marcha y frena en la ventana del hombre―. ¿Gabino?
  Pega un saltito e introduce medio cuerpo por la ventana abierta. Retira la cortina de su cara y el pelele que ahora resulta ser el cuerpo de Gabino la mira directamente a los ojos, tendido verticalmente y sujeto por una cuerda que ahoga su cuello mientras éste comienza a dar vueltas al ritmo del ventilador del techo.
  Zaloa cae de culo sobre la hierba y retrocede arrastrándose con pies y manos.
  ―Joder, mierda puta…
  Saca el móvil del bolsillo y dibuja cuatro veces el patrón hasta conseguir desbloquearlo. 
 Toquetea el móvil para acceder al teclado y marcar el número de la policía, pero no consigue que la imagen que ejerce ahora de fondo de pantalla desaparezca: «Eres la siguiente».


Continuará el jueves 19 de octubre a las 18:30 (hora española).

¡NO TE OLVIDES DE PARTICIPAR EN EL CONCURSO POR EL FUNKO POP DE GHOST FACE! Pincha aquí y accede.  


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar.