12 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Halloween (3)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra



terror halloween


                                        CAPÍTULO 3


 Cuando termina el turno, Macarena abandona el hospital acompañada por Claudia.
  ―Todavía queda una semana para Halloween ―dice Tomás con un cigarro en la entrada.
  ―Qué más da. Un cementerio de noche siempre da mal rollo ―responde Clau colocándose alrededor del cuello la bandolera marrón.
  ―No olvides contar a tus amigos la historia del depósito de cadáveres. Esa sí que da miedo, ¿eh, Maca?
  ―Hay que joderse con lo graciosos que sois todos en este hospital ―responde con evidente ironía.
  Las chicas suben en la furgoneta de Claudia y se dirigen al cementerio, en las afueras, cerca de la casa de las fallecidas hermanas Tostarica, cuya muerte fue noticia en el periódico de anteayer.
  Clau aparca la furgoneta en unos arbustos, junto a la entrada y cruzan juntas la puerta de barrotes que da paso al camposanto. Atraviesan el camino de tierra principal y continúan recto, entre lápidas iluminadas a su paso, por las linternas de los móviles. Macarena, se alegra una vez más de que su padre no quisiera ser enterrado y que sus cenizas fueran esparcidas desde la montaña al mar; no le haría ni puñetera gracia que su cuerpo sirviese a otro grupo de idiotas distinto al suyo para ambientar veladas de terror ridículas.
  Los demás ya han llegado, incluso Unax, con quien ha pasado bastante tiempo desde que se conocieron hace un par de semanas.
  El grupo rodea el panteón donde han sido enterradas las hermanas Tostarica junto a sus padres y abuelo. La iluminación con velas le da un aspecto aún más siniestro a la cara de las hermanas, que lucen pálidas en una foto junto a sus familiares en blanco y negro.
  ―Por fin habéis llegado ―se queja Edorta frunciendo el ceño. Nadia toca su espalda y él aleja la mano de su novia con un brusco movimiento de hombro.
  ―Me estaba empezando a poner nervioso ―dice Ibai abrazándose a sí mismo.
 ―La nenaza creía que os había pasado algo ―explica Aitzol en pie y con las manos apoyadas en la cadera.
  ―Qué más da ―interviene Ibai―, lo importante es que ya estamos todos aquí.
  ―Como en los viejos tiempos ―continúa Sergi.
  ―Sentaos y que empiece la ronda ―sugiere Charlie dando ejemplo con su gesto.
  El maquillaje de Zaloa y Yomara recuerda al de un vampiro: tez blanca, labios morados, incluso se han puesto lentillas que enrojecen sus ojos. «Este año sí que se han superado», piensa Macarena repasando al grupo.
  ―¿Qué tal? ―saluda Unax―. Al final, decidí aceptar la invitación.
  ―Me alegro ―susurra Maca esbozando una media sonrisa.


  ―Desde entonces, y cada luna llena, los habitantes se encierran en casa y ruegan por sus almas ―concluye Zaloa su relato.
  Charlie apunta con la linterna a Claudia que se frota las manos y toma el testigo, colocando la luz bajo su barbilla e ilumando su cara. La enfermera suelta una carcajada malrrollera y se encorva, sentada a lo indio.
  ―¿Seguro que estáis listos para escuchar la verdad?
  Todos asienten menos Maca y Yomara que se dan la mano.
  ―Yo no me creo nada que no vea ―dice Aitzol―. A mí no vas a conseguir acojonarme.
  ―Lo hacemos para divertirnos, no seas aguafiestas ―le reprende Sergi.
  ―Pues yo me he asustado un poco con la historia de Edorta ―confiesa Nadia.
  ―Más bien con el careto de Edorta a la luz de la linterna ―dice Zaloa conteniendo una carcajada.
  ―Eres tonta ―responde el aludido.
  ―Rebota, rebota y en tu culo explota… ―se burla Ibai.
  ―Que más quisieras tú que te rebotara algo en el culo, mariposón ―le espeta Edorta.
  ―No te pases ―interviene Unax por primera vez.
  ―¿Tienes algún problema conmigo? ―pregunta Edorta señalándolo con el dedo.
  ―Con los payasos en general, si tú eres uno… entonces sí que tengo un problema contigo.
  ―Este corral es demasiado pequeño para tanto gallo ―dice Yomara con las manos en alto.
  Aitzol suelta una risita, sabiéndose el verdadero líder del grupo y chasquea la lengua, haciéndose notar.
  ―Como iba diciendo... ―retoma Claudia cortando la tensión―. A veces, creemos estar listos para algo, pero para cuando descubrimos que no es así, resulta ser demasiado tarde.
  ―No te enrolles, tía ―suelta Edorta.
  ―Qué bajón de pavo… ―murmura Zaloa.
  ―Una pregunta ―dice Charlie justo cuando Clau coge aire para tratar de empezar de nuevo la historia―. ¿En alguna de las historias folla alguien?
  ―Buah, tío ―se queja Yomara con el gesto torcido―. ¿Cómo das tanto asco?
  ―Si quieres porno ve a casa y cáscatela frente al ordenador como llevas haciendo desde que llegó el ADSL al pueblo allá por 1995 ―le espeta Maca cansada de tanta bordería.
  Todos ríen excepto Edorta, que mira en silencio y de forma fija a Unax.
  ―A tomar por saco, paso de contar nada. Me piro ―dice Claudia poniéndose en pie de un brinco.
  ―No, no, ni de coña ―se quejan el resto de chicas.
  ―No fastidies ―dice Yomara.
  ―A ver si por dos idiotas se nos va a estropear la noche ―añade Zaloa.
  ―Esta bien ―concede Clau―. ¿Sabéis la leyenda que se cierne sobre el hospital? ―Todos asienten, cada cual con un énfasis diferente―. De hecho, fue Aitzol quién me la contó nada más mudarme aquí. Pues ahora esa leyenda ha evolucionado. El espíritu atrapado de sor Matilde está realmente cabreado. No le gusta que sus soldados convalecientes hayan sido dados de lado para curar a otros nuevos. Se siente dolida y así lo manifiesta.
  ―¿De qué hablas? ―quiere saber Ibai sentándose sobre las rodillas.
 ―Sor Matilde ha invitado a otras almas de la guerra civil a participar de sus apariciones para protestar con mayor fuerza ―continúa―. ¿Recuerdas la niña de la 208, Maca? A la que le gusta ver la tele de madrugada… ―pregunta dirigiendo el haz de luz hacia ella―. ¿El ascensor que sube y baja sin que nadie lo llame? ―Macarena asiente débilmente y aprieta de nuevo la mano de Yomara―. Timbres de habitaciones desocupadas que suenan repetidamente en mitad de la noche… Me temo que no parará hasta que nos marchemos todos y le devolvamos su hospital.
  ―¿Y,  tú cómo lo sabes? ―pregunta Zaloa atusándose el pelo compulsivamente.
  ―Porque me lo ha dicho ella.
  Edorta suelta una carcajada que produce una especie de eco que se pierde entre tumbas.
  ―¡Venga ya! ―suelta Aitzol.
  ―Se te va la pinza ―dice Zaloa apoyando la cabeza sobre el hombro de Nadia.
  ―¿A qué te refieres? ―pregunta Yomara.
  ―Llevaba una semana trabajando en el hospital cuando una noche acudí a la llamada de un enfermo ―comienza Claudia―. El hombre me pidió un poco de agua fría y me contó que otra de las enfermeras había ido a por ella hacía rato, pero que no volvía y él tenía ya la garganta seca.
  ―Qué misterioso, eh… ―suelta Edorta con voz fantasmagórica.
  ―No digas más ―interviene Charlie―; cuando fuiste a buscarla, estaba echando un polvo en el cuarto de las escobas.
  ―Eres idiota ―se queja Yomara dándole un toque en el hombro con las puntas de los dedos.
  ―Yo era la única enfermera currando aquella noche ―sentencia Claudia.
  ―Ya ves ―dice Sergi―, el pobre abuelo estaría senil.
  ―Eso pensé yo ―responde Clau―, hasta que fui a la cocina.
  ―¿Y? ―quiere saber Yomara.
  ―¿Eso, qué pasó? ―interroga Zaloa.
  ―Cuando entré en la cocina ―retoma Claudia―, en la pizarra alguien había escrito: «Alejaos de mi casa».
  ―¿Con tilde y todo? ―pregunta Ibai tratando de contener una risilla nerviosa.
  ―¿Tú también? ―interroga Yomara mirando al chico con el gesto torcido―. Pensé que eras más empático; además «alejaos» no lleva tilde.
  ―Y lo soy ―se defiende―, pero no creo que los muertos puedan escribir. ¿Una monja de la guerra civil? Suena a película española de terror.
  ―Todo se pega menos la hermosura… ―murmura Macarena.
  Aitzol e Ibai crecieron juntos, igual que todos, pero más juntos aún. La madre de Ibai se pasó la infancia de éste en diferentes centros de desintoxicación hasta que falleció, y su padre hoy en día sigue en paradero desconocido. La madre de Aitzol no es que mereciera el premio a la tutora del año, pero al menos estuvo presente hasta el día del accidente a raíz del cual su marido enloqueció y terminó en un psiquiátrico.
  Aitzol e Ibai vivían puerta con puerta; así que Ibai pasó a estar más tiempo tras la puerta de al lado que tras la suya propia.
  ―La he visto ―suelta Claudia.
  ―¿A quién? ―pregunta Sergi.
  ―A sor Matilde. La he visto un par de veces desde que el hospital abrió. Y no soy la única.
  ―¿Otro abuelo demente? ―quiere saber Edorta.
  ―No ―contesta Unax―. Otros trabajadores del recinto.
  ―¿Y,  tú cómo lo sabes? ―preguntan Clau y Zaloa casi a la par.
  ―Digamos que estudio el lugar y su historia ―explica el chico lanzando una mirada cómplice a Macarena.
  ―Pensé que eras un puto cajero ―le espeta Edorta.
  ―Yo pensé que tú eras un puto gilipollas, pero yo sí he acertado ―responde Unax.
  ―Zas, en toda la boca ―dice Sergi dando palmas e inclinándose hacia atrás.
  ―¿Tú no has visto nada? ―pregunta Claudia.
  ―No ―contesta Maca.
  ―No me lo creo. He visto cómo aceleras el paso cuando caminas por el pasillo y estamos solas.
  ―Tal vez alguna sombra ―confiesa―. Cosas que una imagina cuando está tensa.
 ―Yo también me cagaría si tuviera que rondar esos corredores oscuros y en silencio, con todos esos recovecos. ―Ibai se acurruca junto a Nadia.
  ―No te he visto nunca por allí ―dice Clau.
  ―Mi tío vino de visita hace unas semanas y pasó una noche ingresado ―cuenta el chico―. Algo le sentó mal en el chino de la carretera.
  ―Vaya, ¿todo bien?
  ―Sí, gracias. Se volvió a su casa en cuanto le dieron el alta.
  ―La próxima vez avísame y le conseguiré una buena habitación.
  ―No será difícil ―interviene Macarena―, parece que estamos en temporada baja.
  ―No es eso ―dice Clau―. La gente de la zona se marcha a la capital si se pone enferma, pasan de ser atendidos aquí hasta que la cosa funcione bien. Lo he oído comentar en La choza en más de una ocasión.
  ―Yo también ―corrobora Aitzol.
  ―Normal ―dice Zaloa―, siempre estáis juntitos…
  Claudia esboza una sonrisa y Aitzol se pone en pie de un salto, sacudiéndose la tierra del trasero y despidiéndose con un corte de mangas.
  ―Espera, yo también me voy. Es sábado noche ―explica Charlie―, mi momento álgido de curro. Alguien tiene que llevar a casa a la peña ―dice caminando en un zigzag forzado.
  ―¡Quietos! ―ordena Yomara acuclillándose en un solo movimiento.



Continuará el martes 17 de octubre a las 18:30 (hora española).

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