10 de octubre de 2017

Michael Myers no es el único que regresa por Haloween (2)


Querido, globito, ¡continuamos! ¿Estás listo para descubrir más acerca de este slasher? O tal vez, ¿has llegado hasta aquí por azar y no sabes de qué va todo esto? Si es así, ve al primer capítulo para no spoilearte y lee en orden los capítulos.

Te recomiendo escuchar la música de los siguientes enlaces durante la lectura para una mayor inmersión en la historia:


o esta otra



#halloween 2017

CAPÍTULO 2


  Maca y Claudia bajan hasta el sótano en silencio. Tan solo se escucha el tintineo del llavero cargado de Clau. Macarena arrastra los pies para alargar el momento de enfrentarse a cuerpos fríos y carentes de vida, de mirada perdida, oculta bajo párpados rígidos.
  Desde que terminó la carrera y empezó a trabajar se plantea en ocasiones si está hecha para esta profesión, pero en otras, se siente afortunada y agradecida; fue un milagro que la llamaran para trabajar en el hospital de su ciudad natal habiendo suspendido las oposiciones de la comunidad autónoma. Ya tenía asumido que pasaría otros tantos años lejos de casa; un lugar que aunque no le convenza del todo, es su hogar al fin y al cabo.
  ―Vamos ―dice Claudia cuando se abren las puertas.
 ―¿Qué dices que tenemos que hacer ahí dentro? ―pregunta fijándose en la entrada blindada.
  ―Tenemos que comprobar la numeración de dos cadáveres nuevos.
  ―¿Ha fallecido alguien del pueblo? ―pregunta con un hilo de voz, frotándose los brazos.
  ―Más o menos. De las afueras ―responde pulsando el código de la pantalla que abre la puerta del depósito.
  ―¿Han muerto ahora?
  ―Las trajeron hace unas pocas horas ―explica empujando la puerta―. Ya sabes que en un sitio pequeño como este debemos ser aún más discretas. No puedes hablar de nada de lo que veas aquí hasta que se comunique por la vía reglamentaria.
  ―Lo sé ―replica algo molesta. Clau la trata como si fuera una niña o, más bien, una niña tonta―. Has dicho «las», ¿son mujeres?
  ―Sí ―contesta colocándose al lado de una camilla cubierta por una sábana blanca―. ¿Lista?
  ―Por supuesto ―responde todo lo digna que puede.
  Claudia retira la sábana y ante ellas se muestra el cuerpo desnudo y sin vida de la mayor de las hermanas Martínez.
  Maca da un paso atrás tapándose la boca con ambas manos.
  ―¿Qué le ha pasado? ―pregunta sin apartarlas de la boca.
 ―Murió desangrada ―explica Claudia―. Las hermanas Tostarica odiaban a los gatos. Tenían trampas por toda su finca, incluso una para osos. Realmente, creo que odiaban todo. En los pocos meses que llevo aquí, me insultaron las cuatro o cinco veces que me topé con ellas ―dice dejando escapar una especie de suspiro―. La muy bruja debió de creer que algo cayó en la trampa de osos y cuando se acercó a mirar, no imagino cómo, quedó atrapada.
  ―¿Y su hermana no oyó los gritos? ―dice sacudiéndose por un escalofrío.
  ―La pobre y pequeña Tostarica no pudo hacer mucho ―cuenta tirando de la sábana de la camilla contigua.
  ―¡Mierda puta! ―exclama Maca trastabillando hacia atrás y chocando contra un carro―. ¿Qué, qué, qué…?
  ―Está casi irreconocible, ¿verdad? ―pregunta Claudia con una sonrisa sutil en los labios―. Seguro que nunca imaginó que moriría haciendo lo único que debía de gustarle hacer, aparte de agraviar a los demás…
  ―¿Galletas? ―interroga recuperando la compostura mínimamente.
  ―Exacto ―afirma―. Tomás recepcionó esta tarde los cadáveres. Este hospital es un despropósito; la gerencia cree que con construirlo es suficiente y lo han puesto en marcha sin estar listo solo porque se acercan elecciones.
  ―No te entiendo…
  ―Falta personal, equipo… Tomás estaba solo cuando llegaron los cuerpos. Me ha contado que el horno estalló y la explosión la propulsó hasta la puerta de cristal, reventándola y dejándola inconsciente. Tuvo suerte, realmente.
  ―¿Suerte?
 ―Sí. Gracias al golpe murió sin sufrir las dolorosas quemaduras de cara y mitad superior del cuerpo, ¿ves? ―pregunta señalando la piel chamuscada―. Y sé de lo que hablo ―susurra peinando el mechón que cae sobre su mejilla―. Su casa quedó hecha migas… ¿Lo coges? Ríe exageradamente.
―Joder, qué humor más negro ―murmura Maca―. Tápala ―pide acercándole las etiquetas correspondientes. Claudia coloca alrededor de sendos dedos gordos del pie la correspondiente identificación―. Espera, dijiste que habían llegado dos cuerpos.
  ―Sí.
  ―Hay otra camilla cubierta ―observa mirando de reojo.
  ―Estará preparada por si acaso.
  ―Ni que aquí muriera gente todos los días… No creo que esté «por si acaso». Tiene relieve    ―aprecia.
 ―Tomás no me ha hablado de más cadáveres ―dice tapando los cuerpos―. Claro, que también traen los de los pueblos de alrededor. Por eso construyeron esto ―explica dibujando círculos con el dedo―, necesitaban más espacio y una atención sanitaria especializada. ¿Imaginas cómo podían vivir solo con un consultorio?
  ―Me hago a la idea… ―dice Maca con la cabeza gacha.
  ―Ah, que tu padre fue médico aquí, ¿no?
  ―Así es ―rememora.
  ―El único médico de la zona ―dice Claudia―, el del consultorio. Menuda responsabilidad. Mi abuela también era médico, cerca de aquí. ¿Es cierta la leyenda que corre sobre la madre de Aitzol?
  ―No es ninguna leyenda ―responde con tono serio―. Vámonos ―pide dirigiéndose a la salida.
  ―¿No quieres asegurarte de que esté vacía? ―pregunta Clau quieta en el sitio―. Si te da yuyu podemos echar un ojo al listado de entradas de esta tarde y listo.
  ―Ahí no hay nada. Es solo sugestión ―dice volviendo sobre sus pasos y tirando de la sábana―. ¿Lo ves?
El cuerpo se levanta como impulsado por un resorte y se abalanza con las manos al frente sobre Maca.
  ―¡Hijo de puta! ―Macarena golpea el pecho de Aitzol tras recuperarse del culazo que se ha dado contra el suelo, y de rebote le cae un empujón a Claudia que ríe eufórica―. Serás cabrón… Y ¿tú? ―pregunta pegando de nuevo a la chica que no para de mofarse―. Sois dos gilipollas. Tal para cual… ―deja caer con sorna.


  Los días pasan despacio para Macarena, quien ya había olvidado lo aburrida que puede ser la vida en una pequeña ciudad en la que abundan la tercera edad y los cotilleos sin fundamento.
  ―Sí, sí, allí estaré ―responde a Yomara.
  Su amiga parlotea sin parar al otro lado de la línea y Maca se limita a asentir con la cabeza y a soltar continuos «ajás» que sirven para que Yomara crea que le presta más atención de la que le presta en realidad.
  ―Te prometo que me pasaré por el cementerio. Sí, los viejos tiempos, ajá… Agur. ―Cuelga y toca el telefonillo del portal de madera.
  ―¿Sí? ―pregunta una voz masculina al otro lado.
  ―Soy Macarena.
  ―Ok. Sube, te abro.
  Maca sube a pie las pocas escaleras y espera frente a la puerta del segundo A.
  ―¿Qué tal? ―pregunta el chico invitándola a pasar―. Soy Unax, encantado ―se presenta mientras le da dos besos.
  ―Siento haberte avisado con tan poco tiempo ―se disculpa cruzando el umbral―. Pensé que sería mejor así, si no puede que no me decidiera nunca.
  ―Tranquila, lo entiendo. Es un momento complicado ―dice avanzando por el pasillo―. ¿Estás bien? ¿Quieres tomar algo?
  ―No, gracias. Solo quiero coger las cosas rápido e irme. Tengo que trabajar ahora.
  ―Claro. Cojo las llaves y te acompaño.
  ―No hace falta, si te resulta incómodo puedo subir yo sola.
  ―Que va. Gabino me contó lo que pasó. Siento lo ocurrido, de saberlo no habría alquilado este piso.
  ―Aquí desde luego no se puede guardar un secreto. Ese borracho de los co… ―susurra esto último―. No es tu culpa. Está bien, gracias ―dice forzando una sonrisa.
  El chico tira de la cuerda y la escalerilla de madera desciende hasta quedar casi a la altura del suelo. Le cede la delantera a Maca que trepa lenta pero segura. Se detiene durante un segundo al asomar la cabeza en la ganbara. Todo sigue igual, igual de polvoriento y tétrico: esculturas malogradas del artista frustrado que fue su padre; cuadros de su ausente madre tras el divorcio; juguetes y libros viejos comprados en tiendas de segunda mano…
  ―Tu madre tiene mucho talento, ¿no le interesa recuperar estas pinturas?
  ―Que va ―disiente con la cabeza―. Ahora le interesan otro tipo de cosas, o personas―. De mi padre no se puede decir lo mismo, ¿eh? ―Esboza una sonrisa mientras acaricia la cabeza de una escultura infantil algo deforme.
  ―Supongo que este es el arcón ―dice Unax abriéndolo con la llave más pequeña del manojo.
  Macarena mira en su interior y saca una carpeta azul marino. Sopla encima y despeja parte del polvo pegado con la mano.
  ―Listo ―dice ella justo cuando repara en un objeto brillante del fondo―. Me llevaré esto también. ―Aprieta con fuerza, dentro del puño, el reloj de bolsillo de su padre, y se clava la cadena de plata en la palma.
  ―No te preocupes, cuando se cumpla el año de contrato estaré fuera de aquí.
  ―No hay problema ―dice apretando la carpeta repleta de papeles administrativos―. Voy a venderlo, no quiero vivir en este piso. No me malinterpretes ―se excusa con la mano en alto―. Está genial y la ubicación…
  ―Sí, por eso lo escogí. Está al lado de mi curro.
  ―¿Dónde trabajas?
  ―En el Seven Eleven de la esquina.
  ―Oh, bien. Yo solía ir mucho cuando vivía aquí.
 ―Espero que sea temporal. Hasta que me salga algo de lo mío. Estudié periodismo ―contesta sin ser preguntado.
  ―Suena interesante, pero sinceramente, no creo que aquí haya muchas oportunidades para encontrar curro de… nada. ―Ríe para quitarle hierro al ataque de sinceridad que acaba de sufrir.
  ―Para lo mío creo que sí ―responde asintiendo con la cabeza―. Me he mudado aquí para investigar. Estoy preparando mi tesis: ¿Vida más allá de la muerte física?
  ―Vaya. ¿Y aquí puedes informarte al respecto?
  ―El nuevo hospital me dará la respuesta a esa pregunta.



Continuará el jueves 12 de octubre a las 18:30 (hora española).

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