23 de octubre de 2017

Descansa en paz, si puedes...

Lugares sagrados para el descanso eterno alrededor de los que se ciernen leyendas inquietantes y perturbadoras o simplemente de aspecto siniestro.
Demos hoy un largo paseo...

cementerios del mundo



1. Viejo cementerio judío en Praga

cementerios antiguos

 Situado en Josefov, fue durante más de 300 años el único lugar donde estaba permitido enterrar a los judíos en Praga. Se creó en 1439 (así data la primera lápida de Avigdor Karo) y, aunque fue creciendo a lo largo de los años, no se extendió todo lo debido y actualmente se puede apreciar su carácter intácto.
Debido a la falta de espacio, los cuerpos se enterraban unos encima de otros (llegando a más de 10 apilados). A día de hoy se pueden ver más de 12.000 lápidas y se estima que puede haber enterradas unas 100.000 personas.


2. Atáudes colgantes en Sagada, Filipinas

sagada ataudes

 Los miembros de la tribu Igorot han estado enterrando a sus muertos en ataúdes colgantes, en las paredes de los acantilados, desde hace cientos de años. Piensan que este ritual acerca a sus muertos a los espíritus ancestrales, además de mantener sus cuerpos de forma segura.


3. Ciudad de los muertos en Rusia


A menudo conocida como la Ciudad de los Muertos , la aldea de Dargavs es considerada como uno de los lugares más misteriosos de Rusia.  Oculta en una de las cinco cadenas montañosas de algún lugar del Cáucaso, la "ciudad" es en realidad una antigua necrópolis llena de tumbas o criptas.  Las personas que habitaron allí sepultaban a sus seres queridos en ese lugar por razones que se han perdido con el paso del tiempo.
Hay muchos mitos y leyendas alrededor de este sitio, y en el pasado la gente se rehusaba a ir allá por el temor de no salir vivos.  Algunas fuentes dicen que las criptas más antiguas se remontan al siglo XVI y fueron hechas debido a la plaga que azotó la zona y diezmó la población.


4. Las catacumbas de Paris

paris tumbas

Un destino casi obligado para los amantes de lo macabro son: Las catacumbas de París. Un insólito y extraño lugar al que se trasladaron los restos de cadáveres cuando los cementerios de la ciudad se vieron saturados.
Fue en 1777, cuando la explotación de las canteras realizada desde el siglo XIII cobró su factura. La red de túneles excavados a 20 metros de profundidad en la base de las colinas: Montparnasse, Montrouge y Montsorius, puso en peligro los edificios de la superficie, se realizaron entonces investigaciones de riesgo, pero fue hasta 1785, cuando se tuvo la gran idea de trasladar ahí los huesos del cementerio de Les Halles, el cual corría el riesgo de convertirse en un foco de infección, debido al exceso de cadáveres.
Durante quince meses, noche tras noche, millones de huesos fueron trasladados desde distintos cementerios, formando una escena por demás macabra, con aquellos carruajes llenos hasta el tope de restos humanos, los cuales terminaban amontonados en los túneles sin el mínimo cuidado. Fue decisión del Inspector General de Canteras que se colocara todo en forma de muralla, para tomar el aspecto que tienen hoy en día. Además les hizo acompañar de una placa identificando su procedencia. Esta práctica de traslado se realizó hasta 1870, logrando acumular en las catacumbas, los restos de seis millones de parisienses.

Las catacumbas se encuentran muy cerca de la plaza Denfert-Rochereau. La entrada está en la parte Este de la avenida del General Leclerc, donde un extraño cartel advierte: “¡Deteneos! Aquí comienza el imperio de la muerte!”, más de 300 kilómetros de húmedas y fangosas galerías, de las cuales solo se ha destinado para el acceso turístico aproximadamente un kilómetro y medio.
La razón de esto es que las autoridades parisinas descubrieron que se practicaban siniestros ritos, incluso misas negras y actos de satanismo en su interior.

Aquellos que se decidan a entrar, serán recibidos por siniestras calaveras, con mandíbulas desencajadas extendidas en una hilera interminable que conduce a la oscuridad.
Además, tendrán la oportunidad de encontrarse con el espectro de una dama vestida de blanco, que de vez en cuando, se aparece ante los turistas despistados que se separan del grupo, aunque tal vez no quieras formar parte de esto, pues según la leyenda, después de este encuentro, al pobre desafortunado solo le queda un año de vida.


5. Greyfriars Kirk en Escocia

Puede que sea el cementerio más céntrico de la ciudad, y también el más visitado. El Cementerio de Greyfriars en Edimburgo (Greyfriars Chruchyard) es, además del lugar donde está enterrado el famoso perrito Bobby, una especie de parque donde es habitual ver a los edimburgueses tomando el sol (bueno, esto solo sucede un par de veces al año) o leyendo un libro tranquilamente. 
¿Nos damos un paseo por él? Pues sigue leyendo ;)

 Este cementerio, presidido por la Greyfriars Kirk, podría considerarse hasta bonito, y se asemeja casi más a un pequeño jardín inglés que a un camposanto… pero lo cierto es que el Cementerio Greyfriars esconde algunas de las leyendas más macabras de Edimburgo.

A la entrada del cementerio verás esta placa donde se indica el nombre de algunos personajes famosos enterrados aquí.



La tumba de Bobby, el perro fiel

 

 Aunque nada más entrar al cementerio Greyfriars lo primero que encontrarás será una lápida dedicada al perro Bobby, lo cierto es que esta no es la verdadera tumba de la mascota más querida de Edimburgo. En realidad, el animal se encuentra enterrado junto a uno de los muros exteriores del cementerio, pues las autoridades del momento nunca permitieron su entierro dentro por estar considerado terreno sagrado. Aún así, son muchos quienes acuden a visitar la falsa tumba y dejan flores y juguetes en honor a Bobby.


¿Has visto a Mackenzie?


Aparte del adorable Bobby, en el cementerio de Greyfriars habitan otros seres menos peludos y bastante poco cariñosos. Una de las leyendas más famosas es la de George Mackenzie, un abogado que a finales del XVII metió en prisión a más de un millar de Covenanters en una zona muy cercana al Cementerio Greyfriars.

Los Covenanters eran los miembros de un movimiento religioso presbiteriano que durante este siglo dio bastante guerra en Escocia y unos cuantos quebraderos de cabeza a los católicos.
El caso es que la mayoría de estos prisioneros murieron torturados o debido a las malas condiciones en que se encontraban en la cárcel, lo que le granjeó a Mackenzie el apodo de Bloody Mackenzie (algo como Mackenzie el Sanguinario).

Cuando Mackenzie murió, fue enterrado en un mausoleo dentro del cementerio Greyfriars, pero varios siglos después, ya en los años 90, un vagabundo que trató de colarse en el mausoleo buscando un lugar donde dormir afirmó haber sufrido algún tipo de experiencia paranormal en el lugar.
 Desde entonces, fueron muchos los que afirmaban haber «sentido» la presencia de Mackenzie al visitar el Cementerio Greyfriars, y es más: algunos aseguran que salieron de la tumba de Mackenzie, conocida desde entonces como Black Mausoleum (Mausoleo Negro) con magulladuras y cortes producidos no se sabe muy bien cómo.

  
Greyfriars y Harry Potter

Al parecer, a J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, le gustaba pasear por el Cementerio Greyfriars (¿sería por su cercanía a The Elephant House, el pub donde comenzó a escribir los primeros libros del famoso mago?). 
Aparte de pasear, Rowling debió de fijarse detenidamente en muchas de las tumbas, pues hay unos cuantos personajes en las novelas de Harry Potter que llevan apellidos de algunas de las personas enterradas en el cementerio. Si sois fans de Harry Potter, seguro que te resultará entretenido buscarlos cuando visites Greyfriars.

Por cierto, muy cerca del cementerio se encuentra George Heriot’s School, una de las escuelas más exclusivas del Reino Unido. Distinguirás el edificio por su apariencia oscura y similar a un castillo. En este colegio los estudiantes se dividen en cuatro casas: Lauriston, Greyfriars, Castle y Raeburn. ¿Te suena de algo?


 6.  La Recoleta de Buenos Aires 


  

Luz María, hija del dramaturgo Enrique García Velloso, uno de los grandes del teatro criollo, murió de leucemia en 1925, a los 15 años. Su madre, al borde de la locura, pasó largos meses llorando y durmiendo en un rincón de la cripta…


 Cinco años después, un joven de la high society porteña vio a una chica que, a pasos del cementerio, sollozaba sin parar. Se acercó, le dio un pañuelo para que secara sus lágrimas, y tomaron un café. 
Al anochecer, ella huyó después de que el joven la besara.
Él la siguió, pero se desvaneció en la bruma. Desesperado, empezó a golpear el portón del cementerio. El cuidador le dijo que nadie había entrado. Pero él insistió, y el hombre lo dejó entrar… 
En la figura de mármol reconoció a la chica.


 Rufina, hija del escritor Eugenio Cambaceres y la bailarina italiana Luisa Baccichi.
Luisa, tras fallecer Eugenio, no tardó en ser amante de Hipólito Yrigoyen.
Y el 31 de mayo de 1902, día en que Rufina cumplió 19 años, antes de terminar el festejo en la mansión de la calle Montes de Oca y partir hacia su palco en el Colón, oyó un agudo grito…


Le encontraron en el suelo, rígida y fría. El médico dictaminó «síncope cardíaco», y  la enterraron en la Recoleta. 
Unos días después, su ataúd apareció abierto y con la tapa rota. La policía creyó que se trataba de un robo, pero las joyas con que fue sepultada estaban intactas. 
Desde entonces, Luisa vivió torturada por la convicción de que Rufina había sufrido un ataque de catalepsia… ¡y que la enterraron viva! 
En su fantasía, imaginó que ella despertó en el ataúd, logró salir, gritó pero nadie la oyó, no pudo abrir la reja de la bóveda, y la desesperación le paralizó el corazón. Esta vez, para siempre. 
Por eso su estatua, de refinado Art Nouveau, tiene su mano derecha sobre el picaporte, como tratando de abrir la puerta de la bóveda. 
Según los otros fantasmas del cementerio, Rufina murió realmente la primera vez, cuando una amiga le contó la fatal verdad: «Tu novio, Hipólito, ¡es también el amante de tu madre!».


 Liliana Crociati, hija de un peinador, pintor y poeta italiano, murió de la peor manera en uno de los más felices días de su vida: luna de miel en Innsbruck, Alpes austríacos. 
Corría 1970, ella tenía 26 años, un alud arrasó la parte del hotel en que empezaban su nueva vida, y Liliana murió asfixiada. Extraña sincronía: ese mismo día, en Buenos Aires, murió Sabú, su perro… 
Por eso su escultura, en bronce, la muestra vestida de novia, con su anillo de bodas, y junto a su perro, y ataviada con un sari rojo que compró en la India. En las paredes de su bóveda la recuerdan cuadros pintados por sus amigos de Bellas Artes. Tenía ojos celestes y pelo casi rojo. 


  
Matrimonio mal avenido si lo hubo fue el de Salvador María del Carril (vicepresidente de Urquiza) y Tiburcia Domínguez. Y mucho más desde que él, en una carta pública, informó a los acreedores de su mujer  de que no pensaba hacerse cargo de las deudas de ella. 
Fue la pelea final. No volvieron a hablarse ni a verse en los siguientes veintiún años de convivencia… Cuando Salvador murió, curiosamente, Tiburcia ordenó construir uno de los monumentos funerarios más impresionantes de la Recoleta: él, sentado en un sillón, comodísimo, y mirando al sur.

  
Pero algo se traía ella entre manos… Su última voluntad fue que su busto fuera instalado de espaldas a la estatua de su marido. 
Y así siguen. La cara de ella, más evidente en el mármol, no deja dudas: una mujer feroz.
  

Bello y triste fantasma, lánguido también, es el de Elisa Brown, la hija más querida del célebre almirante. Que, en plena vida adolescente, esperaba el retorno de su prometido, el comandante Francis Drummond, en campaña contra el imperio del Brasil, a las órdenes de su futuro suegro. 
Pero llega el día infausto: en la batalla de Monte Santiago, y después de luchar hasta más allá del heroísmo, Francis muere en brazos de su jefe. 
Al volver a Buenos Aires, Brown, junto con la terrible noticia, le da a Elisa el reloj de su prometido: «Fue su última voluntad», le dice.


 Sus 17 años se desgarran. Envuelta en su vestido de novia, se hunde en el Río de la Plata, acaso para encontrar el alma de su amado. Nadie sabrá si lo logró. 
Pero sus restos yacen en una urna. Detrás, en otra, están las de Francis. Las dos, fundidas con el bronce de uno de los cañones del navío. 


Cocinero de una familia patricia porteña, al manipular un caldero se quemó con aceite hirviendo casi todo el cuerpo.


Una semana después, murió. Tenía entonces 17 años y la esperanza de jugar el primer Mundial de Fútbol de la historia, en el Uruguay. El jefe de la familia patricia lo hizo enterrar en su bóveda. 
Cuenta la leyenda que de noche se oye, sí, ruido de pelota, y de corridas, y de rebotes en las paredes de las criptas. Y que si alguien deja una pelota en la puerta de la bóveda… desaparece. 


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